El metal del conducto crujía bajo el peso de Adrián y Valeria, un sonido que para ellos era estruendoso, pero que quedaba sepultado por el caos que rugía justo debajo de la rejilla donde se detuvieron. El aire allí arriba era rancio y olía a polvo quemado, pero ambos contuvieron la respiración cuando las voces del despacho principal empezaron a filtrarse por las ranuras de acero.
A través de la rejilla, la escena era dantesca. La oficina de lujo estaba en penumbras, iluminada solo por el resp