Adrián estaba sentado frente a su escritorio de caoba, la luz fría de la mañana de Central City entrando por los ventanales de cristal. Sus ojos estaban fijos en la pantalla de su ordenador, analizando proyecciones financieras con una concentración que rozaba lo obsesivo. Dos carpetas abiertas flanqueaban su teclado, llenas de informes que exigían su firma, pero su mente, aunque eficiente, estaba en otro lugar.
De repente, unos toques suaves y rítmicos en la puerta interrumpieron el silencio sepulcral de la oficina. Adrián levantó la mirada apenas un segundo. Anastasia ya estaba adentro.
Caminaba con la gracia de quien se sabe dueña de los pasillos, vestida con un traje de sastre azul oscuro que gritaba sofisticación. Llevaba una carpeta apretada contra sus brazos, un accesorio que parecía más un escudo que una herramienta de trabajo. Adrián la miró, pero no se inmutó. No hubo el brillo de cordialidad de antes, ni la cortesía automática. Simplemente bajó la mirada de nuevo a sus númer