Adrián estaba sentado frente a su escritorio de caoba, la luz fría de la mañana de Central City entrando por los ventanales de cristal. Sus ojos estaban fijos en la pantalla de su ordenador, analizando proyecciones financieras con una concentración que rozaba lo obsesivo. Dos carpetas abiertas flanqueaban su teclado, llenas de informes que exigían su firma, pero su mente, aunque eficiente, estaba en otro lugar.
De repente, unos toques suaves y rítmicos en la puerta interrumpieron el silencio se