—¿Adrián? —Valeria volvió a llamar, su voz todavía áspera por la deshidratación y el exceso de la noche anterior. Recorrió con la mirada el pasillo que llevaba al estudio, pero el silencio fue la única respuesta. La preocupación punzó en su pecho por un momento, pero sacudió la cabeza, arrepintiéndose de inmediato cuando el dolor le atravesó el cráneo—. Vamos, Valeria... Adrián no es un niño. Sabe cuidarse solo.
Ignorando la punzada de abandono, se dirigió a la cocina. Su estómago lanzó un rugi