Rómulo se quedó paralizado, sin saber qué responder. La mirada de Lupita, brillante y desafiante, lo atravesó, y un nudo se le formó en el estómago. Miguel y Lupita rieron, como si la situación fuera un juego.
—Sí —dijo Miguel, recuperando un poco su humor—. Claro que se pueden quedar. Rómulo es de confianza, ¿no? Ni parece hombre para esas cosas.
Las risas de ambos resonaron, pero para Rómulo fueron como latigazos. Sintió el desprecio en sus voces, la burla a su timidez, a su incapacidad para responder con la misma chispa. No podía unirse a la risa; algo dentro de él se revolvía, una rabia silenciosa contra su propia fragilidad. ¿Por qué no encontraba las palabras para defenderse? ¿Por qué siempre se sentía un paso atrás, como un eco de lo que quería ser?
—Está bien —dijo Miguel, poniéndose la chamarra—. Los dejo solos, a ver qué tal se portan. Vuelvo a las siete. Rómulo, no hagas tonterías, ¿eh? Y no aburras a Lupita. ¡Nos vemos!
Tomó a Lupita por la cintura, le dio un beso rápido y