Capítulo 7 • La Libélula y los sueños rotos
La Libélula olía a café recién molido y a incienso de copal que alguien había encendido en un rincón, como si la ciudad misma necesitara purificarse de sus propios pecados. Las paredes, cubiertas de murales caóticos —músicos de ojos huecos, versos de poetas garabateados en tiza, flores que trepaban hacia el techo como sueños desbocados—, parecían respirar con vida propia. Rómulo se sentó en la mesa del fondo, la guitarra apoyada contra la pierna, y el peso de la tarde cayó sobre él como una segu