Una tarde, agotado de vagar por calles abarrotadas donde la timidez aún lo mantenía al margen, Rómulo regresó al edificio y tocó la puerta de Miguel. Lo encontró tirado en el sofá, un libro abierto sobre el pecho, su habitual desenfado llenando el cuarto como humo invisible.
—¿Qué tal si mañana viernes vamos a un bar? —propuso Rómulo, con un destello de entusiasmo que luchaba contra su reserva—. Dicen que hay lugares bohemios donde los músicos se juntan a tocar, a charlar… Suena bien, ¿no?
—¡Óra