Edith regresó a la Ciudad de México sin fecha de regreso. Dejó una maleta en Puebla, como quien deja un capítulo cerrado, y otra en el pequeño departamento que había alquilado en la Condesa: paredes de ladrillo visto, una ventana que daba a un jacaranda ya desnudo de sus últimas flores violetas y un silencio que, por primera vez, no le pesaba. No fue un impulso. Fue una rendición consciente, lenta, casi dolorosa. Cada fin de semana que pasaba en Puebla se sentía como una espera inútil, como si