Mundo ficciónIniciar sesiónLos días de Rómulo se habían convertido en un torbellino de clases, rondas hospitalarias y noches en vela estudiando, donde la ciudad, con su caos de cláxones y luces eternas, empezaba a volverse familiar, menos intimidante. Aun así, un anhelo persistente por conectar con alguien —por dejar de ser el forastero tímido— seguía jalándole el corazón como un eco que no encontraba pared donde resonar. Tristeza y esperanza se arremolinaban en su mente, igual que los mayates que danzaban alrededor del foco de su cuarto.
Su refugio era La Libélula, un café en la Roma que parecía sacado de un cuadro bohemio. Las paredes estaban cubiertas de murales desordenados —siluetas de músicos, frases de poetas garabateadas en tiza, flores que trepaban hacia el techo como sueños desbocados—. El aire olía a café recién molido, pan horneado y un hilo de incienso que flotaba desde una esquina. Una lámpara de papel colgaba del centro, derramando una luz cálida que hacía que todos parecieran amigos, aunque apenas se conocieran.
Una tarde, mientras recorría el lugar con la mirada, Rómulo la vio. Clarisa estaba sentada junto a la ventana, absorta en una libreta. Su cabello castaño, ahora más corto y recogido detrás de las orejas, enmarcaba unos ojos que conservaban aquella intensidad serena. Al alzar la vista, una sonrisa cálida se dibujó en su rostro y lo transportó de golpe a los primeros días en la universidad, cuando su atracción platónica había empezado como un susurro.
—Sigues con esa mirada de soñadora —dijo él, acercándose para abrazarla con una calidez que desarmaba sus propias defensas.
—No siempre estoy soñando —respondió Clarisa, ajustándose la mochila con una sonrisa tímida que le aceleró el pulso.
Se sentaron. La familiaridad de sus charlas pasadas los envolvió como una manta suave. La risa de Clarisa, fresca y sin filtros, era la misma, pero ahora había en ella una nueva seguridad, una chispa de quien ya había encontrado su rumbo. Mientras platicaban, los recuerdos inundaron a Rómulo: la sala de espera del examen de admisión donde se habían conocido, las noches en La Libélula donde la música tejía puentes invisibles. Las mesas de madera desgastada, algunas tambaleantes, acogían a estudiantes con cuadernos abiertos, poetas con libretas llenas de garabatos y músicos que improvisaban ritmos con tambores.
Una noche, tras un dueto de “La Llorona” que dejó al público hechizado, Rómulo, embriagado por el momento, llevó a Clarisa afuera, bajo un cielo cuajado de estrellas que parpadeaban como promesas efímeras. Su corazón latía desbocado. Hurgó en el bolsillo y sacó un anillo de plata que había comprado después de meses de ahorrar cada peso de su trabajo en la farmacia. La pequeña piedra brillaba débilmente, reflejo humilde pero sincero de su esfuerzo, de su identidad que se construía nota a nota.
—Clarisa —dijo, con la voz temblorosa—, quiero pasar mi vida contigo. ¿Te casas conmigo?
Los ojos de Clarisa se abrieron, reflejando sorpresa y ternura. Tomó sus manos; su toque fue suave pero firme, un roce que cargaba tanto consuelo como rechazo, un erotismo emocional que lo dejó sin aliento: el calor de su piel contra la suya, el pulso que por un instante se sincronizó, como si sus cuerpos hablaran un idioma que las palabras no alcanzaban.
—Rómulo, eres un sueño —dijo ella con suavidad, la voz cargada de cariño pero con una certeza que él aún no comprendía—. Pero somos muy jóvenes, ¿sabes? Apenas estamos empezando nuestras vidas. Este anillo es precioso, y sé que te costó mucho. Pero no se trata de su precio ni de lo que significa para ti. No me siento lista para ser tu esposa, no ahora. Quiero que seamos amigos, los mejores amigos, y que sigamos creciendo, cada quien en su camino.
Rómulo sintió que el suelo se desvanecía. Las palabras de Clarisa cayeron como una lluvia suave pero fría sobre su inseguridad juvenil. El rechazo no fue cruel; fue maduro, un espejo de la claridad que él todavía buscaba en sus melodías improvisadas, en las tardes de La Libélula donde la música se había convertido en su única identidad, un puente hacia el mundo que anhelaba conquistar. Asintió, el anillo pesándole en el bolsillo como un recordatorio de su impulso, y regresaron al café. La música seguía sonando, pero Rómulo cargaba ahora un vacío que solo el tiempo sanaría, un eco transformado en lección.
De vuelta en la mesa, Clarisa removía su café. Su sonrisa estaba teñida de amabilidad.
—Deberíamos desayunar juntos alguna vez —propuso, con un brillo juguetón en los ojos.
Rómulo alzó una ceja y esbozó una sonrisa irónica.
—Tal vez —respondió, con un toque de desdén que no logró ocultar del todo.
Sabía que Clarisa, su musa de siempre, seguía siendo un faro imposible de ignorar. Un conflicto que lo impulsaba a buscar su propia voz en las notas que tocaba. Porque el hambre de conexión seguía allí, latiendo bajo cada acorde, esperando el momento en que alguien —o algo— la saciara sin romperlo del todo.
Y La Libélula, testigo silencioso de sueños rotos y promesas efímeras, siguió latiendo con su luz cálida, como si supiera que aquella noche no era el final de nada, sino el comienzo de una canción que aún no tenía nombre.







