El año que siguió al reencuentro bajo las jacarandas no fue un cuento de hadas corregido con tinta roja. Fue un hambre compartida, cruda y viva, que a veces saciaba y a veces mordía más hondo. Edith había dejado su departamento de Puebla y se había instalado en la Condesa con Rómulo, en un cuarto pequeño donde la ventana daba a un limonero que nunca daba limones, solo sombra y promesas suspendidas. Por las mañanas ella corregía manuscritos para una editorial modesta mientras él salía a las plaz