78. El emisario del hielo.
Franco repitió en su mente las indicaciones que le había dado su Alfa, pero no tenía siquiera que esforzarse demasiado: el camino era bastante claro. El lugar al que debía dirigirse para llegar al aquelarre estaba bien definido. La misión también. Y sabía que no podía fallar.
Maximiliano tenía razón: no solo necesitaban infiltrarse en el campamento de Bastian para intentar robar una dosis del suero inhibidor, sino que debían tener a aquellos vampiros como aliados. Algo que la manada de Alaska tenía muy claro era que no eran guerreros; nunca habían tenido que enfrentarse a una pelea real, más allá de prácticas entre ellos mismos. Una guerra verdadera tal vez podría acabar con todos. Con la ayuda de los vampiros, podrían resistir. Estaba seguro de ello.
La idea de Maximiliano no era mala, solo un poco arriesgada. Por suerte lo había enviado a él. Franco no era precisamente el mejor negociante, pero tenía fuerza de voluntad, y esperaba que eso fuera suficiente para convencer a los vampir