41. El secreto.
El muchacho comenzó a retroceder hasta que se sentó en un pequeño banquito de madera que estaba dispuesto en la esquina. Entre más tiempo pasaba ahí abajo, más me iba acostumbrando a la oscuridad y ya podía verlo bien. El muchacho, al igual que cualquier persona dentro de la manada, parecía bastante tranquilo por su desnudez, y yo, de alguna u otra forma, tenía que acostumbrarme a estar viendo hombres desnudos todo el día.
— Claro que no — dijo después de pensárselo por un momento — . Yo ni siquiera conocía a la tal Patricia. La vi un par de veces en la casa del Alfa cuando fui a hacer algunos mandados, pero nada más.
— ¿Entonces a quién te refieres? — le pregunté.
El muchacho negó nuevamente.
— No puedo decirle, mi luna. De verdad no puedo decir.
— Mira lo que hice yo por ti — le dije al muchacho — Me senté en el suelo, cruzándome de brazos — Me enfrenté al Alfa, al Alfa enfurecido. Pudo haberme arrancado la cabeza por protegerte. No vas a pagarme de esta forma