41. El secreto.
El muchacho comenzó a retroceder hasta que se sentó en un pequeño banquito de madera que estaba dispuesto en la esquina. Entre más tiempo pasaba ahí abajo, más me iba acostumbrando a la oscuridad y ya podía verlo bien. El muchacho, al igual que cualquier persona dentro de la manada, parecía bastante tranquilo por su desnudez, y yo, de alguna u otra forma, tenía que acostumbrarme a estar viendo hombres desnudos todo el día.
— Claro que no — dijo después de pensárselo por un momento — . Y