4. La luna obligada.

El pánico me invadió.

—¿De qué diablos estás hablando? —le pregunté.

Él pareció cansado de mí.

—No me importa. Estás aquí, esto debiste haberlo sabido antes de aceptar esta oportunidad. Ya no hay vuelta atrás, ¿entiendes? —dijo mientras me agarraba con fuerza del brazo—. Vas a tener que darme un heredero.

—¿Y qué pasa con los niños? —le pregunté—. Los niños que vi en las escaleras… ¿son tus hijos?

La expresión en su rostro se deformó.

—Sí, son mis hijos —dijo—, pero ninguno de ellos es hijo de mi luna. Necesito un heredero de la líder nata de esta manada. Y eso será suficiente. Después de eso podrás irte si te da la gana.

El hombre era un maldito cerdo. Ahora que los laboratorios habían desaparecido, quería seguir teniendo descendencia y prácticamente estaba comprando una esclava para eso, para convertirme en su incubadora.

—Está bien —le dije bajando el tono de voz. No porque quisiera hacerlo, sino porque sabía que tenía que comportarme dócil si quería averiguar lo que necesitaba para poder escapar de ahí con mi hijo—. Está bien.

—Enviaré a una de las mujeres para que te enseñe nuestra habitación. No hables con ella, no le cuentes nada. Recuerda que toda la manada tiene que creer que esto es real.

Estaba a punto de decirle que sí, que iba a hacer lo que él me pidiera, cuando una muchacha apareció. Era joven, atractiva, tenía el cabello rojizo hasta la cintura.

—¡No me digas esto! —le gritó a Maximiliano—. ¡Esta maldita perra no puede ser tu luna! ¡No puede ser tu luna! ¡Yo iba a ser tu luna!

Me rasqué la parte de atrás del cuello, incómoda. Lo último que quería enfrentar en ese momento eran líos de faldas. Pero la mujer caminó hacia mí como si de verdad tuviera el impulso de asesinarme.

—Cálmate, Patricia —le dijo Maximiliano tomándola por el hombro e impidiendo que avanzara hacia donde yo estaba.

—¡Yo no te reconozco como mi luna! —gruñó ella, señalándome con el dedo—. ¡No te reconozco como mi luna! Maximiliano es y será para mí, ¿entiendes? Nada ni nadie me lo va a quitar. 

— Tú tendrás que reconocerla como la luna de esta manada, porque así es como lo digo yo, la diosa luna lo dijo —gruñó a Patricia.

Pero la mujer parecía no escucharlo. Estaba enloquecida de rabia hacia mí porque creía que yo le había quitado lo que le correspondía.

—Voy a hacerte la vida imposible, ¿entendiste? ¡Voy a hacerte la vida imposible porque aquí no eres bienvenida!

Pude ver cómo el hombre la sujetaba con más fuerza.

—No. No harás eso —le dijo con un tono imponente—. Escúchame bien: no vas a meterte con Ana. No le digas nada. Ella es tu luna y tu superior. Es una maldita orden, ¿me entiendes?

Patricia lanzó un gruñido casi animal que me asustó. Después dio la vuelta y salió corriendo. Pero yo sabía que, a pesar de la orden de Maximiliano, acababa de ganarme una enemiga. De hecho, todo ese lugar estaba lleno de mis enemigos.

Maximiliano no volteó a mirar atrás, menos a mí, cuando desapareció por el pasillo. Y de repente una mujer con un delantal apareció.

—Yo te llevaré a la habitación para que te instales —dijo.

La habitación era muy bonita, amplia, con hermosas decoraciones en las paredes hechas de piedra, en un segundo piso que tenía una vista perfecta hacia la hacienda.

Después de instalarme, salí a caminar un poco. Necesitaba despejarme, comenzar a obtener información.

Los niños jugaban en el patio, pero en cuanto intenté acercarme a ellos para hablarles, el niño de ojos claros tomó de las manos a sus hermanitos y se los llevó.

Comencé a explorar la hacienda y pasé por las caballerizas. Nunca había visto caballos tan espléndidos. Todas las personas con las que me cruzaba me trataban con una amabilidad que rayaba en lo absurdo, como si yo fuese una especie de diosa o algo así, lo que me hacía sentir bastante incómoda.

El lugar parecía muy protegido. Incluso pude notar a los guardias que disimuladamente patrullaban la zona. Escapar con mi hijo sería muy complicado.

Vi una pequeña área de bosque que no parecía estar muy custodiada, como si fuera quizá la única opción de escapar. Comencé a caminar hacia allá. Haber estado tantas horas en aquella camioneta me tenía los pies entumecidos.

El pequeño bosquecito era muy lindo, tenía un arroyo que corría atravesando la hacienda y podía observar que desde ahí se podía ir fácilmente a la carretera. Era una buena ruta de escape, pero debía asegurarme que estuviera suficientemente lejos de la casa como para que nadie me viera.

Comencé a introducirme lentamente en el bosque. Estaba bastante cansada de todo aquello y apenas había iniciado mi vida allí. Pero no esperaba vivir demasiado en aquel lugar. Solo necesitaba averiguar cuál de esos tres niños era el mío y después podría desaparecer con él, hacer mi vida nuevamente en otro lugar donde nadie pudiera encontrarme. Esa motivación se había convertido en mi obsesión. Eso… y destruirlo. Destruir a ese hombre que me había arruinado la vida. Pensar en cómo arruinarle la vida me mantuvo entretenida.

Cuando me di cuenta, ya me había alejado bastante de la hacienda, tal vez unos cien metros. El atardecer comenzaba, así que debía regresar antes de que la oscuridad me envolviera.

Estaba intentando regresar cuando un hombre apareció frente a mí. Su piel era muy oscura y tenía los ojos azules como el cielo.

—Pero mira nada más —dijo—. Tu primer día en la hacienda y ya me das esta oportunidad.

Respiró el aire como si el aroma que desprendiera mi cuerpo fuera especialmente sabroso.

—Lo siento, ya voy a regresar a la casa. No le vayas a decir a Maximiliano que me alejé así. Él me dijo que no hablara con nadie…

Pero el hombre me miró de los pies a la cabeza, con una extraña sonrisa en la boca.

—Qué suerte la mía. Mi Alfa va a estar muy contento. Se va a poner muy feliz de saber que pude asesinar a la luna de su peor enemigo tan fácil.

Entonces supe que aquel hombre no pertenecía a Alaska. Era alguien más. Todos mis instintos se encendieron.

En el momento en que di un paso atrás para salir corriendo, todo cambió. El hombre saltó hacia el frente. Pude escuchar cómo sus huesos crujieron, cómo su ropa se rasgó. Y cuando cayó… no fue él quien cayó.

Un enorme lobo apareció ante mí, tan grande como un ser humano. Mis ojos se abrieron, grité de terror y él se abalanzó hacia mi cuello, directo a matarme.

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