Mundo ficciónIniciar sesiónYo me quedé prácticamente petrificada ante la amenaza de aquel mensaje. Pasé saliva y él me observó de los pies a la cabeza.
—¿Escuchaste muy bien lo que te dije? —me preguntó.
—Lo hice —le respondí con un poco de rabia.
Lo odiaba. Cuánto lo odiaba. No me importaba que fuera el hombre más atractivo que hubiera visto en la vida: tan alto, los hombros anchos, el cabello oscuro como las alas de un cuervo y los ojos azules como el hielo, vibrantes y penetrantes.
Me había embarazado, había utilizado aquel laboratorio y mi cuerpo como una incubadora para engendrar a su hijo, a mi hijo, sin importar las consecuencias. Y después me había lanzado a la basura como si hubiese sido una rata muerta en la esquina de la casa.
—Claro que le entendí —dije con más calma.
Tenía que concentrarme en mi misión. Debía ganarme la confianza de ese hombre, debía ganarme la confianza de las personas que vivían en ese lugar. Solo así podría destruirlos desde adentro, poco a poco. Esa hacienda no quedaría piedra sobre piedra. Estaba segura que los tres niños que acompañaban a ese hombre habían sido engendrados de la misma forma. ¿A cuántas otras mujeres les había hecho lo mismo?
Él dio unos pasos atrás y luego me contempló nuevamente de los pies a la cabeza.
—Serás la luna de esta manada. En la noche te explicaré bien qué es lo que significa tu misión. Será muy importante. Gabriel ya te explicó lo que tienes que decir.
Yo asentí. “Que la diosa Luna nos unió”. Lo que fuera que eso significara.
—Bien —dijo—. Voy a reunir a la manada. Voy a presentarte ante todos.
Yo quería preguntar por qué se refería a su gente como manada, tal vez era una forma cariñosa de decirles, pero no dije nada más. Cuando el hombre dejó la habitación, tomé la osadía de salir de ella. Necesitaba observar el territorio desde el principio; tenía que saber a qué me estaba enfrentando.
Estaba cruzando los enormes pasillos de la hacienda, que tenían un peculiar olor a campo y caballos, cuando los encontré.
Los niños estaban ahí, en las escaleras, sentados uno al lado del otro. Con el corazón acelerado los observé. ¿Cuál de ellos tres sería mi hijo o mi hija?, me pregunté. Los tres tenían el cabello oscuro de su padre, pero solamente uno había heredado sus ojos azules claros.
Cuando los tres me miraron, se quedaron paralizados.
—Hola, niños —les dije.
Mis ojos se llenaron de lágrimas, pero tenía que contenerme, tenía que contener el impulso de salir corriendo y abrazarlos, de observarlos detenidamente a cada uno para averiguar cuál era mi hijo. Tenía que ser más inteligente… pero no podía no acercarme a ellos.
—Es ella —dijo el niño que tenía los ojos azules.
El otro niño y la niña me observaron con una extraña expresión en el rostro.
—Hola… ¿cómo están? —les pregunté—. Mi nombre es Ana y voy a casarme con su padre.
—No importa —dijo el niño de ojos claros con frialdad, acercándose a mí y clavando su mirada en mi cuerpo—. No importa lo que hagas y no importa lo que digas. Tú nunca vas a ser nuestra madre.
Dijo aquello con una frialdad escalofriante y luego desapareció corriendo por el pasillo.
Los otros dos niños me miraron con un gesto un poco más amable, pero luego salieron corriendo detrás de su hermanito, ignorándome.
—Es hora —escuché una voz detrás de mí. Era Maximiliano, que había regresado—. La manada está reunida. Vamos. No respondas nada, no digas nada. Solo yo hablaré.
Me dirigió a la parte de atrás de la enorme casa. Sus corredores eran amplios, mucha luz y viento entraban por ellos, pero pude escuchar un murmullo de personas al otro lado de una enorme puerta. Y entonces el hombre la abrió.
Me encontré con lo que me pareció un millar de ojos. Nunca en la vida imaginé que dentro de esa hacienda vivieran tantas personas. Fácilmente podían ser unas cien. Todos estiraron el cuello en cuanto me vieron. Algunos, incluso, parecían tener ganas de llorar.
Maximiliano se puso frente a ellos y adoptó una postura extraña: empoderada, fuerte, bastante intimidante. Cuando alzó la voz, incluso yo me estremecí.
—Alaska —dijo—, mucho lo han pedido y el momento ha llegado. Muchos se han preguntado por qué he ido tantas veces al pueblo estos últimos meses. Pues aquí está la respuesta que tanto han anhelado. He conocido al fin a la luna de esta manada, que ha llegado hoy y para siempre a nuestras vidas. Será el equilibrio y la luz que nos guiará. Con ustedes, Ana, la luna de Alaska.
Di un paso al frente y saludé con timidez. Los aplausos no se hicieron esperar.
Había tantas personas, pero yo no entendía qué significaba. Vi que algunos incluso estaban desnudos. ¿Por qué estaban desnudos?
Chiflaron y vitorearon, y el hombre me tomó del brazo y me metió nuevamente a la casa antes de que alguien se atreviera a preguntar algo.
—¿Qué es lo que está pasando? —le pregunté.
Entendía que mi misión ahí era rescatar a mi hijo y escapar, pero necesitaba comprender qué era lo que pasaba.
—Sí, me parece justo que lo sepas —dijo el hombre, mirándome con un poco de desprecio de los pies a la cabeza—. Pero poco a poco te darás cuenta de qué es lo que pasa aquí. Igual te quedarás por mucho tiempo. Todos van a fastidiarte bastante. Tendrás que acostumbrarte. Eres oficialmente la segunda persona más importante de esta hacienda.
“¿La segunda?”, pensé.
—Pero no te preocupes —añadió—. Van a fastidiarte menos cuando te embaraces de mí.
Sentí un enorme escalofrío que me atravesó la columna.
—¿Cómo…? —le pregunté con un poco de miedo.
—Así como lo estás escuchando. ¿Acaso Gabriel no te lo explicó? Vas a fingir ser mi esposa. Vas a tener que serlo. Y para empezar, vas a tener que darme un heredero.







