5. El lobo blanco.

Caí al suelo aterrada, lanzando un grito de terror. El enorme lobo se abalanzó sobre mí, no tuve tiempo de hacer nada, ni de ponerme de pie, ni de pedir auxilio.

La enorme masa peluda, con los dientes expuestos, saltó sobre mi cuerpo. Estaba segura de que iba directamente a mi cuello, pero era tan grande que de un solo mordisco me arrancaría completamente la cabeza.

Antes de que aquella criatura cayera sobre mí y me asesinara, en mi cabeza aparecieron los tres pequeños niños: sus cabellos oscuros y sus pieles pálidas. Me pregunté cuál de ellos sería mi hijo.

No podía ser que iba a morir sin siquiera conocer aquella verdad, y eso me produjo una enorme tristeza en el pecho. Entonces… iba a morir sin saber cuál era mi hijo, iba a morir con aquella sensación de tristeza. Y estaba completamente preparada para eso cuando otra masa enorme, con un pelaje más claro, apareció de repente saltando por sobre mí y golpeando al enorme lobo que estaba a punto de matarme.

Otro lobo había aparecido de repente. Parecía un poco más grande, con el pelaje vibrantemente blanco como la nieve y los ojos rojos como la sangre. No tuve un solo segundo para analizar lo que estaba pasando. Ambos lobos se enfrentaron en una fiera batalla, pero el lobo blanco evidentemente era superior.

Se veía bastante más alto, mucho más fuerte, y de un par de movimientos hábiles sujetó con fuerza, por el cuello, al lobo que quería matarme. Escuché cómo crujió, rompiéndose de inmediato.

Yo seguía en el suelo, sin fuerzas para ponerme de pie, paralizada del terror. ¿Qué era lo que estaba viendo? ¿Qué era eso?

Entonces el cuerpo enorme del lobo blanco, después de asegurarse de que el otro estuviera completamente muerto, se volvió hacia donde yo estaba. Tuve el impulso de gritar, pero ¿qué más podía hacer? Tal vez el primer lobo no iba a matarme, pero este segundo sí. Era más grande, más fuerte. Tenía la cara y el perfecto pelaje blanco manchado con la sangre del lobo que acababa de asesinar.

Entonces se volvió hacia donde yo estaba y pude notar algo extraño. Su cuerpo comenzó a hacerse pequeño, cada vez más pequeño. El pelaje comenzó a desaparecer, y vi con horror cómo se transformaba en un hombre. En el hombre fuerte, de piel pálida como la nieve. Y lo reconocí. Era Maximiliano.

Parpadeé un par de veces, completamente aterrada por lo que estaba viendo. ¿Acaso el hombre se había transformado en un enorme lobo blanco? Claro que sí. Eso era justamente lo que había hecho.

Cuando regresó a su forma humana por completo, caminó completamente desnudo hacia donde yo estaba.

 — ¿En qué diablos estás pensando?  — me gritó con rabia, enojado — . ¿Cómo puedes ser tan irresponsable? Si no hubiera estado pendiente de ti, ese lobo te habría matado.

 — Yo… yo…  — comencé a tartamudear. ¿Qué podía decir? No sabía qué decir. Me sentía paralizada en el sitio.

El hombre me tomó con fuerza por el brazo y me levantó. Parecía enojado, demasiado, pero yo no era capaz de entender por qué.

 — Tú… te transformaste en…  — dije, lógicamente sorprendida.

 — En lobo, sí  — respondió él con sarcasmo — . No se suponía que te enterarías de esto de esta forma. Que no te vea la manada así, tan descompuesta, ¿entiendes? No puedo creer que seas tan inepta y tan torpe. ¿Cómo saliste de los terrenos de la hacienda?

 — Solo estaba explorando…  — le dije, mientras dejaba que, con su enorme fuerza, me arrastrara de nuevo hacia la hacienda.

 — Ahora eres la luna de esta manada. Eres el objetivo de nuestras manadas enemigas y tienes que tener más cuidado, ¿entiendes? Por eso tienes que seguir mis órdenes. No vas a hacer nada sin mi autorización. No vas a salir hacia ninguna parte sin mi autorización. Vas a hablar solo si yo te lo permito. Vas a preguntar solo si yo te lo permito. A donde sea que vayas a moverte, primero tienes que avisarme, ¿entiendes?

Yo intenté zafarme de su agarre con fuerza. ¿dónde me había metido?, me pregunté mientras aquel hombre seguía regañándome. Intenté zafarme, pero no podía. Era tan absurdamente fuerte. Ni siquiera le importaba su propia desnudez; solo estaba ahí regañándome como si yo no fuese más que una niña.

Cuando llegamos a la hacienda, el hombre chasqueó los dedos. Un par de hombres aparecieron de repente.

 — Un lobo de otra manada intentó matar a su luna  — les dijo — . Está en el bosque, cerca del lago luciérnaga. Tráiganlo. Quiero que descubran de qué manada es y cómo se acercó tanto a la hacienda. ¡Ahora!

Los hombres salieron corriendo hacia el bosque.

Cuando el hombre me metió a la casa, los tres niños estaban ahí. Al parecer habían escuchado la algarabía.

 — A sus habitaciones  — gritó Maximiliano.

Los niños salieron corriendo. El niño de ojos claros me dio una fría repasada, casi como si pudiera leer en su mirada que hubiera preferido que aquel otro lobo me hubiera matado.

Mis manos temblaban abruptamente.

Cuando llegamos al centro de la casa, un anciano estaba ahí de pie. Tenía una bata, que le tendió a Maximiliano para cubrir su desnudez.

 — ¿Qué pasó?  — preguntó el anciano.

Ambos voltearon a mirarme. Yo estaba sucia y despeinada. También estaba manchada un poco de la sangre de aquel lobo que había querido matarme.

 — Un lobo ha atacado a nuestra luna — dijo Maximiliano.

 — ¿Un lobo de otra manada?  — el anciano se asustó — . No hay manadas cerca de nosotros.

 — Pues al parecer ya hay una  — dijo él con seguridad — . Quisieron matar a nuestra luna, y eso solo significa una cosa: estamos en guerra. La manada está en guerra.

 — ¿Pero por qué razón tendríamos que estar en guerra con otra manada?  — pregunté.

Ambos hombres cruzaron una mirada. Parecía que querían decir algo que yo no entendía, como si de verdad sí tuvieran razones para estar en guerra con otra manada.

 — No… no puede ser.  — El anciano negó con la cabeza — . Voy a alertar a todos los demás. Esto es una situación crítica.

Dicho aquello, desapareció.

 — ¿Guerra?  — le pregunté a Maximiliano.

Él simplemente me ignoró. Me dio la espalda y, mientras caminaba por el pasillo, antes de desaparecer, me dijo con rabia:

 — Regresa a la habitación. No saldrás de ahí a menos de que yo lo ordene.

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