26. La verdad con sangre.
Franco gritó de dolor, como si algo estuviera apuñalando su cabeza. Mientras gritaba, el Alfa se puso de pie y comenzó a caminar hacia él sin apartar una sola vez la mirada del lobo, que se revolcaba en el suelo gritando de dolor.
— ¡Ya, detente! — le grité.
Me dolía verlo así. No sabía por qué, pero el muchacho me había caído bien. Era parte de la manada de Maximiliano y sentí una extraña sensación de protección.
— ¡Ya, déjalo! — grité nuevamente.
— No, no lo haré. No voy a hacerlo ha