26. La verdad con sangre.
Franco gritó de dolor, como si algo estuviera apuñalando su cabeza. Mientras gritaba, el Alfa se puso de pie y comenzó a caminar hacia él sin apartar una sola vez la mirada del lobo, que se revolcaba en el suelo gritando de dolor.
— ¡Ya, detente! — le grité.
Me dolía verlo así. No sabía por qué, pero el muchacho me había caído bien. Era parte de la manada de Maximiliano y sentí una extraña sensación de protección.
— ¡Ya, déjalo! — grité nuevamente.
— No, no lo haré. No voy a hacerlo hasta que descubra en sus recuerdos dónde está mi hijo, cuál de ellos es. Voy a pulsar en su cabeza hasta que la sangre le salga por la nariz si es necesario, pero voy a encontrarlo.
Y mientras el muchacho gritaba, entonces yo lo supe. Supe que tal vez esa era mi oportunidad, la oportunidad que estaba buscando. ¿Acaso no era eso lo que yo quería? ¿Tomar a mi hija y desaparecer por completo de la manada, destruyéndolos totalmente, vengándome de Maximiliano? A pesar de que en ese momento tuviera mu