25. La verdad arrancada.
La fuerza en mis piernas desapareció por completo. Terminé completamente sentada en el suelo, sin energías para levantarme ni siquiera para hablar. El Alfa Bastian seguía ahí, observándonos, analizando cada una de nuestras reacciones.
— ¿De qué diablos estás hablando? — preguntó Franco.
Yo seguía ahí, medio paralizada, medio sorprendida, incapaz de preguntar cualquier cosa; simplemente analizando la conversación que ambos hombres estaban teniendo.
— Así como lo escuchas — dijo Bastian.
Se acercó a nosotros. Tenía una fuerza arrolladora; podía sentirse que en efecto era el Alfa de su manada, que podía percibirse nada más en el ambiente. El hombre era fuerte y peligroso.
Cuando se acercó a nosotros pude ver cómo todos los instintos de Franco se activaron, seguramente intimidado por la presencia de aquel lobo.
Si los hombres lobo se parecían en algo a las manada Reales, imaginé que instintivamente el joven debía sentir la fortaleza del otro Alfa y debía sentirse intimidado por su