24. El nuevo alfa.
Desde el suelo comencé a retroceder inconscientemente, buscando alejarme de aquel hombre. Se veía tan aterradoramente amenazante; había algo en él que me generaba un terror profundo. Y entonces intenté alejarme arrastrándome, pero me topé con uno de los hombres alados que me habían llevado.
— Gracias por eso — les dijo el hombre, dándome la espalda y caminando hasta quedar sentado en una especie de trono hecho de piedra al final de la habitación.
— Yo… yo no soy la luna de Alaska — comencé a defenderme. Tenía que hacerlos entrar en razón, tenía que decirles que realmente yo no era la verdadera luna, que solamente era una trabajadora que el Alfa había contratado para mantener unida a la manada.
— ¿No eres? — dijo el hombre.
Entonces me observabó detenidamente de los pies a la cabeza. Aún sentía frío en el cuerpo, el frío que me había inundado cuando aquellos enormes pájaros me habían elevado por el aire, a pesar de que la primavera era relativamente calurosa en ese lado del p