2. La luna falsa.

Regresar al pueblo fue tardado, de no ser por un hombre en un auto destartalado y viejo que me recogió a la mitad del camino, hubiese tardado toda la noche en regresar.

Sabía ahora dónde estaba mi hijo, tenía la certeza después de cuatro largos años y no iba a desaprovechar la oportunidad. 

«Es una huérfana de la ciudad, una desconocida, nadie la conoce ni sabe quién es» eso le había dicho el hombre a dueño de Alaska, al que se había robado a mi bebé, ese era mi boleto de entrada.

Cuando llegué al pueblo corrí a la pequeña casita que alquilaba, tomé todos mis ahorros, que no eran pocos, y corrí de regreso a la estación del tren, era la única ruta para llegar al pueblo, sí o sí, la mujer debía llegar por ahí, y comenzaba a despuntar el sol del amanecer cuando el tren arribó a la estación.

Me quedé en una esquina, observando. A esas horas de la mañana muy pocas personas llegaban al pueblo, y la reconocí de inmediato, era bajita y delgada, con el cabello oscuro y mirada perdida. La abordé de inmediato.

—¿Tú eres la que viene para la hacienda Alaska? —la muchacha me sonrió.

—Sí, pensé que el anciano del concejo Gabriel vendría por mí en una hora.

—No —le dije mientras la tomaba del brazo —yo me encargaré de ti.

Su nombre era Ana.

Fue mucho más fácil de lo que yo imaginaba convencerla de intercambiar. Ni siquiera estaba completamente segura de lo que estaba haciendo.

—Tenía miedo —me confesó—. El anciano del Consejo se comunicó a la ciudad. El orfanato en el que yo me había criado, la madre reverenda le dio mi número. Entonces él me ofreció el trabajo.

—¿Él te vio? ¿Él vio tu rostro? —le pregunté con insistencia mientras avanzamos por el andén de la estación del tren.

Ella negó.

—No, nunca lo vio. Nunca pasamos de una conversación solamente por teléfono. La verdad es que no tenía nada más a dónde ir. En el orfanato ya no podía estar, mi trabajo como maestra ya no podían seguirlo manteniendo. Así que tenía que encontrar otro, y él apareció de repente. Me dijo que tenía que convertirme en una especie de… la verdad no lo entendí muy bien, y creo que utilizó la palabra luna.

Yo asentí. Era la segunda vez que escuchaba aquel término, pero no me importaba qué significaba ser la supuesta luna. Lo único que yo necesitaba era infiltrarme en Alaska, descubrir cuál de esos tres niños que había allá era mi hijo y luego desaparecer.

Pero antes… vengarme de aquel hombre, vengarme de aquel maldito hombre que me usó como una incubadora para poder tener a su hijo y destruir todo su mundo. Eso era lo que yo quería. Iba a hacer lo que fuera para conseguirlo.

—Bien, tengo una propuesta —le dije, sacando de mi bolsillo el enorme fajo de billetes que había ahorrado durante todos esos años que trabajé en el pueblo—. Yo voy a tomar tu lugar y tú tomarás este mismo tren de regreso a la ciudad. Con estos ahorros podrás empezar un pequeño negocio o intentar una nueva vida. Es mejor que no vayas a la hacienda Alaska. Las últimas mujeres que han ido allá han desaparecido.

Le mentí —Soy investigadora privada. Quiero tomar tu lugar para poder investigar sus desapariciones y darle captura al criminal que las está haciendo desaparecer.

El rostro de la muchacha palideció, y entonces supe que había dado en el clavo.

Fue más fácil convencerla de lo que hubiera imaginado. Con aquella amenaza me dio toda la información que necesitaba. Y ahora estaba ahí, esperando en aquella cafetería, con el corazón latiendo con fuerza.

Entonces, la misma camioneta que había visto el día anterior —en la que me había colado para llegar hasta la hacienda— apareció. Un hombre bastante mayor bajó de ella. Tenía la barba y el cabello bastante canoso, con un sombrero vaquero y unos jeans. Lanzó una mirada por toda la cafetería y, cuando me vio, cuando vio que yo era la única persona que estaba ahí que podría ser la persona que estaba buscando, se acercó.

—¿Ana? —me preguntó.

—Sí, soy yo —dije, poniéndome de pie y estirando mi mano para estrecharla.

Él me miró de los pies a la cabeza.

—Eres un poco mayor de lo que imaginaba. ¿Cuántos años tienes?

—Veinticinco —le dije. No tenía que decir mentiras, Ana tenía esa misma edad.

—Tu voz suena diferente por teléfono —Yo simplemente me encogí de hombros como respuesta —Bien, pero no importa. Vámonos.

Cuando me subí a la camioneta, el hombre me miró de reojo.

—Mira, lamento haberte hecho venir hasta acá sin explicarte muy bien las razones. De verdad necesitaba alguien que estuviera desesperado por un trabajo y por una vida, que estuviera dispuesta a abandonar todo para unirse a la manada.

—¿A la manada? —pregunté. Era la segunda vez que escuchaba aquella expresión, pero no quise insistir. No quería arriesgarme a preguntar algo que lo hiciera enojar y así perder la oportunidad de colarme en la hacienda—. ¿Y qué tendré que hacer? —pregunté cuando la camioneta ya había salido del pueblo y emprendía camino.

—No mucho —dijo—. La manada necesita una luna. Lo único que vas a tener que hacer es fingir que estás muy enamorada de nuestro Alfa. Tienes que fingir que fue la diosa Luna la que te trajo a nuestra manada. Tendrán que dormir en la misma cama, tendrán que compartir la misma habitación, tendrán que comportarse como una pareja profundamente enamorada y romántica. ¿Eres capaz de hacer eso?

—Claro que sí —le dije—. ¿Y el pago? —pregunté. Sinceramente, a mí no me importaba el pago, pero a Ana sí le importaba.

—Después lo veremos —dijo—. Básicamente, el rol que tendrás que ocupar es el de una líder. Todos te verán como una especie de madre, y así tendrás que portarte. ¿Entiendes?

El camino a la hacienda fue bastante silencioso. Las seis horas que tardamos en cruzar todo el bosque por la carretera destapada fueron muy calladas. El anciano Gabriel era especialmente silencioso. Por suerte, él y Ana no habían intercambiado mucha información, entonces no había mucho que me delatara como la falsa Ana.

Y entonces llegó el momento. Finalizando la tarde, la camioneta cruzó las puertas de la enorme hacienda. Levanté la cabeza para intentar ver a los niños; quería verlos de inmediato, pero no estaban en el patio como el día anterior.

—Antes de que cualquiera la vea, tiene que verla primero el Alfa —dijo el anciano.

Me llevó por una habitación y, después de dejarme a solas por un largo minuto, la puerta se abrió estruendosamente.

El hombre que había visto con los niños entró.

Era muy alto y fuerte. Tenía una aura imponente. Algo en él hizo que temblaran mis rodillas. Cuando llegó conmigo, me miró de pies a cabeza.

—Escúchame muy bien —dijo—. Aquí no eres bienvenida. No eres bienvenida en mi hogar, ni en mi cama, ni en mi vida. Si estás aquí es porque los ancianos del Consejo me están obligando a hacerlo, no porque de verdad quiera. Así que escúchame bien, muchacha: obedecerás cuando yo te diga. Harás siempre lo que yo te diga en el momento en el que yo te lo diga Y no vas a cuestionar jamás ninguna de mis órdenes, porque si no, voy a castigarte. Y no vas a querer descubrir —dijo acercándose— lo crueles que pueden ser mis castigos. Prepárate, porque te voy a presentar ahora mismo a la manada.

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