17. El hijo que no era mío
El niño, me lanzó una fría mirada que me heló la sangre con rabia mientras cerraba su libro y pretendía ponerse de pie:
— No tenemos nada de qué hablar.
Pero entonces yo le hablé.
— Claro que sí, tenemos mucho de qué hablar. Vamos a tener que convivir los dos juntos por quién sabe cuánto tiempo. Al menos intentemos llevarnos bien, así sea un poquito. Por tu papá.
— ¿Qué tiene que ver mi papá? — preguntó el niño.
Me sorprendía absolutamente la inteligencia que tenía, y eso me asustó un poco. Los niños inteligentes podían ser abrumadoramente peligrosos.
— Pues él me ama — le mentí — . Yo soy la luna de esta manada, y no puedo llevarme mal con los hijos del Alfa. ¿Imaginas el daño que le hará a tu padre ver que nosotros dos no tenemos una buena relación?
— Nunca vas a ser mi mamá — dijo con desagrado.
Sentí que la saliva se hacía amarga en mi garganta. Había algo en el niño que me asustaba ahora que lo tenía frente a mí, ahora que estábamos completamente a solas. Podía ver algo e