El exterior del muelle 17 era una garganta de acero. Cientos de contenedores de transporte, apilados como monumentos a un comercio global indiferente, creaban un laberinto de pasillos estrechos donde el eco jugaba malas pasadas. La lluvia de Marsella había arreciado, convirtiendo el suelo de hormigón en un espejo oscuro que reflejaba los fogonazos de las armas.
Alessandro salió del almacén primero, rodando sobre su hombro derecho y buscando cobertura tras un contenedor rojo oxidado. Una ráfaga