El dolor no llegó de golpe.
Se extendió.
Lento. Seguro. Como un veneno al que se le permite propagarse deliberadamente.
Darius colgaba con ambas manos atadas por cadenas de hierro sobre su cabeza. Sus muñecas estaban desgarradas, la piel abierta; la sangre se había secado y volvía a romperse cada vez que su cuerpo se movía aunque fuera un poco.
El frío del calabozo no ayudaba.
Al contrario, lo hacía todo más claro.
Cada herida. Cada latido. Cada respiración.
Su cuerpo estaba casi desnudo. Solo