La habitación de la Reina estaba llena de sonidos.
Pasos apresurados. Órdenes entrecortadas. Respiraciones contenidas. Todo se mezclaba, oprimiendo el aire hasta volverlo sofocante.
—¡Rápido, agua tibia!
—¡Llamen al médico del palacio!
—¿Dónde está la alquimista?
Las voces rebotaban sin dirección, incluso hasta el exterior de la estancia. El corazón de Josselyn latía cada vez con más fuerza.
—¿Escuchaste eso? Tengo que revisar el estado de la Reina.
La voz de Killian presionaba, firme. Pero los