—¿Órdenes de quién?—preguntó Killian, elevando el tono.
No hubo respuesta. O más bien… nadie se atrevió a responder.
Dentro de la habitación, Josselyn permanecía rígida. La taza aún en su mano. Sus dedos temblaban. Su respiración ya no era regular.
No se atrevía a mirar hacia la puerta.
Porque sabía… que en cuanto volviera a ver a Killian, quizá no podría sostener aquella mentira.
Tengo que resistir…
Sus pensamientos giraban con rapidez. Pero ya no había camino de regreso. Ya no.
—Su Alteza.
La