—Señorita Josselyn, esto… es una carta para usted.
Aquella voz aún resonaba en su mente. Junto con la carta sin remitente. No era una carta perfumada ni pulcra—pero aun así hizo que el corazón de Josselyn latiera con fuerza por otra razón.
El papel estaba gastado, áspero, tal como era. Y los trazos de las letras, irregulares, temblorosos… como si reflejaran la desesperación de quien la escribió.
Una carta que la había llevado, en secreto, de vuelta a este lugar.
Los muros de la prisión subterrá