La oficina se sentía como un sepulcro de cristal. Entré temprano, con el peso de la noche anterior aplastándome los hombros, todavía sintiendo el eco del portazo con el que Alissa me había dejado atrás. Mi único motor era la necesidad de verla, de asegurarme de que estuviera bien, de intentar, contra toda lógica, encontrar una grieta en su muro de odio. Sin embargo, antes de llegar a mi despacho, un murmullo agudo proveniente de la oficina privada de Daniel me hizo detener mis pasos en seco.
La