La pregunta de Kyler colgaba en el aire estrecho entre nosotros, pesada y cargada de una electricidad que amenazaba con quemar la frágil tregua que habíamos establecido. Su frente seguía apoyada contra la mía, y a través de ese punto de contacto, podía sentir la vibración de su voz resonando directamente en mi cráneo. Sus ojos verdes, intensos y despojados de la habitual máscara de estratega, esperaban una respuesta que yo no sabía cómo formular sin destrozar lo poco que quedaba de mi cordura.