Diez años después.
El Refugio Verde ya no era solo un proyecto familiar. Era un centro ambiental reconocido en todo el país. Camila dirigía la escuela con mano firme pero cariñosa. Luna se había convertido en la guardiana del bosque y conocía cada árbol por su nombre. Mateo Alejandro, ahora con barba y voz grave, era el que conseguía fondos y hablaba en congresos.
Pero cada 15 de abril, todo se detenía.
Esa mañana, como siempre, la familia completa se reunió bajo el flamboyán grande. Los nietos