Valeria despertó antes del amanecer, como siempre. Pero esta vez el silencio era distinto. No se escuchaban los pájaros. El río sonaba más bajo. Cuando salió al porche, Mateo ya estaba ahí, de pie, mirando hacia el bosque con el rostro grave.
—Se fueron —dijo él sin voltear—. Todos los pájaros. Hasta los colibríes que venían al balcón.
Valeria sintió un escalofrío. Caminaron juntos hasta la escuela. Los niños estaban callados, pegados a las ventanas. Camila llegó corriendo desde su casa, pálida