La luz del amanecer se filtraba suavemente a través de las cortinas de la suite principal cuando Valeria abrió los ojos.
Por primera vez en muchos días, no se despertó con el peso de la angustia en el pecho. Se despertó envuelta en calor.
El brazo de Mateo rodeaba su cintura con posesión tranquila, su pecho desnudo pegado a su espalda, su respiración profunda y constante contra su nuca. Sus piernas estaban enredadas entre las sábanas revueltas, y el olor de su piel —a jabón, a bosque y a hombre