El salón de conferencias del hotel Jaragua estaba lleno hasta el último asiento.
Cámaras, micrófonos, periodistas con libretas y grabadoras. El aire olía a café, perfume caro y anticipación. En el centro de la tarima había una mesa larga con tres sillas: una para Ramón Montiel, otra para Elena de la Vega y, en el medio, dos sillas para Valeria y Mateo.
Valeria sentía que el corazón le iba a salir del pecho.
Estaba sentada al lado de Mateo, con la mano firmemente entrelazada con la de él debajo