El camino de regreso a la mansión fue silencioso, pero no era el mismo silencio incómodo de los días anteriores.
Valeria iba sentada al lado de Mateo en el auto, con la mano todavía entrelazada con la de él. Ninguno de los dos hablaba, pero el aire entre ellos vibraba con todo lo que había quedado suspendido en el estacionamiento del hotel: el beso, las palabras, la promesa implícita de que ya no querían seguir fingiendo.
Cuando llegaron, la mansión estaba en calma. Ramón Montiel había salido a