Dos días después, el Refugio seguía en silencio.
Valeria y Mateo hablaban lo necesario, se cruzaban en los pasillos, se sentaban en la misma mesa a comer, pero algo había cambiado. La carta había abierto una grieta que ninguno de los dos sabía cómo cerrar del todo.
Esa tarde, Luna encontró a su madre sentada sola en el mirador del río, con la carta todavía en las manos.
—Mamá… ¿vas a seguir torturándote con eso?
Valeria dobló las hojas con cuidado y las guardó en el bolsillo de su vestido.
—No