Diez años habían pasado desde el día en que Valeria y Mateo renovaron sus votos bajo el flamboyán junto al río.
El Refugio Verde ya no era solo un pequeño albergue ecológico. Se había convertido en un lugar reconocido en todo el país por su turismo sostenible, sus talleres educativos y la calidez con la que recibía a las familias. Habían ampliado las cabañas, construido un pequeño restaurante con productos del huerto y hasta habían abierto un centro de educación ambiental para niños de la zona.