Capítulo 14 —El arte de la improvisación
Dante clavó los dedos en el marco, forzando los músculos de la cara para sostener una sonrisa que a esa altura de la mañana se sentía más como una mueca de parálisis facial. Abrió la puerta blindada por completo, intentando bloquear el pasillo con su propio cuerpo, pero fue inútil.
—¡Elena! —exclamó, modulando la voz en un tono falsamente jovial que ni él mismo se reconoció.
—¡Dante! —respondió ella, con esa seguridad avasallante que la caracterizaba.
No