Mundo ficciónIniciar sesiónEliany Reyes ha luchado a lo largo de su carrera para ser reconocida por su talento, y cuando gana el contrato para modernizar el Palacio de la Alianza en Al-Rasheen, cree que es el inicio de su éxito. Sin embargo, al llegar, el cliente final resulta ser el seductor anónimo con quien compartió una noche que ninguno pudo olvidar en Londres. Tariq Al-Mansur es el Emir de un reino en transición. Su deber es sellar una alianza política mediante un matrimonio que lleva años postergando. Cuando descubre que la arquitecta contratada por su madre es la misma mujer que logró verlo a él, no a la corona, la tensión se vuelve insostenible. Atrapados bajo el mismo techo, con la boda real como cuenta regresiva y un protocolo que prohíbe el deseo, ambos deben decidir si el precio de su pasión es demasiado alto. Eliany juró jamás vivir a la sombra de ningún hombre. Pero ¿qué sucede cuando la única salida a su deseo es convertirse en El secreto del Emir?
Leer másEly
Me mordí el interior de la mejilla para mantener a raya la sonrisa. Acababa de ganar el proyecto de mi vida, pero frente a mi novio tenía que medir la alegría; su ego nunca encajaba bien las derrotas. Salí al pasillo dispuesta a que me invitara esa cena de celebración que el perdedor debía pagar, pero la expresión con la que me esperaba al fondo, apoyado contra la pared, me hizo ralentizar el paso.
—Felicitaciones, Eliany. Aunque, entre tú y yo, sabemos que ese proyecto no lo ganó tu equipo gracias a los planos.
—Fuiste testigo de los meses en vela armando la propuesta —le dije, confundida—. Ambos lo hicimos.
Me sonrió, pero cuando resopló al final me di cuenta de que no venía a invitarme a cenar como habíamos acordado, sino a discutir.
—Bueno, no contaba con que el comité fuera a puerta cerrada. ¿Será que alguien les contó lo buena que eres en otros aspectos?
Estuve a punto de decirle que él era el único que podría haberlo hecho, pero la cicatriz del pulgar empezó a picarme y la apreté contra la carpeta que llevaba en la otra mano, tratando de controlar mi temperamento.
—Harry, ¿acaso bebiste de más?
No sería extraño, era el último día del año y las botellas de champaña desfilaban por los escritorios desde media mañana mientras esperábamos los resultados. Pero ahora que acababa de salir, todo estaba dicho: le había ganado.
—No preguntes estupideces —dijo en voz baja, ignorando a los que aplaudían y hacían gestos de éxito en mi dirección—. ¿Sabes qué? No soporto cuando me hablas en ese tono condescendiente de m****a. Terminamos. Me da asco pensar en las cartas que jugaste para que te eligieran. Lo único que se me ocurre es que fue para cubrir la cuota de diversidad de la empresa.
Si estuviéramos en La Habana, le habría partido la cara. Pero esto era Londres, y yo siempre sería la extranjera que debía calcular cada paso para no perder todo lo que había logrado hasta ahora a pesar de mi estatus migratorio.
Y, aun así, acababa de ganar el diseño para la modernización de un palacete en Al-Rasheen.Entonces pasó algo curioso. Mientras sus labios y sus manos seguían moviéndose, aquel hombre que me había conquistado en nuestra primera cita volvió a ser el hombre de los dientes un poco torcidos y manchados por el cigarrillo, y reaparecieron esos centímetros que lo hacían más bajo y que él detestaba cuando me ponía tacones. Como hoy.
No podía gritarle, por más que tuviera en la lengua la respuesta que se merecía cuando recordé que le dije que mi permiso para seguir en este país dependía de este trabajo, que bastaba una palabra en el oído correcto para empezar de cero. Y eso había sido muy estúpido de mi parte. .
—¿Sabes qué? —Usé la voz más plana que tengo y me obligué a sonreír—. Feliz Año Nuevo, Harry.Pestañeó, como si no esperara esa reacción y fijó la vista sobre mi cabeza, así que seguí la dirección de sus ojos. Por supuesto, su panda de amigos era nuestro público. Cuando me volví hacia él, ya tenía estirada la mano hacia mí.
—Claro, para ti también. Ahora dame la llave de mi piso. —Forzó una sonrisa que se torció en una mueca, pero el cuello lo tenía de color rojo granate—. Un fin de año es para cerrar ciclos, ¿no?
Peleé con el aro de metal hasta separarla y la dejé caer sobre su palma, con la mano temblando. Cuando lo vi abrir la boca, lo dejé tras de mí y doblé la esquina, pero él agregó en voz alta:
—Tranquila, Reyes. No es para tanto.
Para cuando tuve enfrente la puerta de los baños, se me había secado la boca. Me apoyé contra la pared fría del pasillo de cristal, buscando una bocanada de aire y pensé que a mis veintiocho años, me daría mi primer infarto.
Mi abuela tenía razón: tragarse los insultos enferma.
Esperaba que el agua fría me devolviera la compostura, pero el sonido de unos tacones a mis espaldas hizo que acelerara. Empujé la puerta y Marlén entró enseguida.
Debió verme desde su escritorio y aunque su boca se movía, no le oía nada, hasta que me sujetó por los codos.
—Mírame. Estás temblando.
Pero no podía, toda mi energía estaba puesta en no caerme y me solté. El teléfono me vibró en la mano, y con un nudo en la gargante le mostré la pantalla. Ella resopló y trató de arrebatármelo, pero eso me hizo reaccionar.
—Gané el proyecto, mami —dije en un hilo de voz sin esperar a que hablara.
—¡Ay, mi santa! —Contuve las lágrimas mientras Marlén me ponía un vaso de agua entre las manos—. ¿Y Harry? Eso de irte por meses, ¿él va contigo? ¿No fueron a celebrar?
El estómago se me contrajo, pero no tuve tiempo para mentir, porque ella siguió hablando de la fiesta de los vecinos sin parar.
—¿Me pasas a la abuela?
—Tu abuela se acostó temprano. Pero Ely, te llama para que no pierdas esta oportunidad. No dejes pasar otro año sin pedirle los papeles. Tú sabes que es la mejor opción para una mujer en tu situación. Bueno, no hagas esperar a tu novio.
Cortó sin darme tiempo a despedirme y lo agradecí, porque si me preguntaba algo más, me iba a delatar. Y mi madre era capaz de detectar una grieta en mí a nueve mil kilómetros.
—Me voy a casa —solté, girándome al espejo para retocarme el maquillaje, mientras Marlén me miraba con los ojos desorbitados.
—No diré nada de que le mentiste a tu madre. Pero acabas de ganar el contrato del siglo y ese imbécil por fin salió de tu vida. No te vas a casa, querida, a menos que sea para cambiarnos. Iremos por una copa y luego te preparas para tomar ese avión en unos días.
No tuve fuerzas para discutir con ella, así que me dejé sacar de la firma.
***
Tardamos hora y media en salir del apartamento, ella de azul y yo de rojo, y el taxi nos dejó en un club de Mayfair con inmensos ventanales que dejaban ver la ciudad y desde donde sería perfecto disfrutar de los fuegos artificiales a medianoche.
Marlén me puso un trago en la mano, gritando por encima de los bajos de la música.
—¡Que se hunda en su miseria! ¡Eres la jefa de tu propio proyecto!
Bebí de golpe y el alcohol bajó quemando, pero no deshizo el nudo en mi garganta.
—Uy, mira eso. —Me señaló unos tipos en grupo y uno de ellos alzó su vaso hacia nosotras.
—No. —Le bajé el brazo.
—¿Por qué? —gritó con un mohín—. Quizá te salga uno mejor a ti y quieras…
Negué con la cabeza.
—Regla de medianoche —invoqué, recordándole nuestro viejo acuerdo—. Hoy me acaban de dejar y es mi noche de celebración. No te vas con nadie hasta que nos demos el abrazo de fin de año. Después de las doce, te libero.
Ella se echó a reír y brindó conmigo. Para la tercera ronda, ya había dejado de pensar en Harry, en mi madre y hasta en el avión privado que nos dijeron que nos llevaría.
Bailamos juntas en el centro de la pista, pero pronto Marlén se enredó con el tipo de antes y mientras se metían la lengua hasta la garganta, yo me escapé hacia la barra a buscar agua.
Fue ahí cuando una chica de veintipocos, con los ojos demasiado abiertos, se pegó a mi espalda. Miraba por encima de mi hombro a dos hombres de traje oscuro que cruzaban la sala como si buscaran a alguien.
—Por favor —susurró contra mi nuca—. No te muevas. No me delates.
No supe por qué le hice caso. Quizá porque su miedo me recordó al mío cuando llegué a Londres con doscientas libras y una visa de estudiante por caducar.
Le hice sitio entre mi cuerpo y la barra y me senté en un taburete, con mi botella y mi mejor cara de indiferencia.
Los dos tipos se acercaron y uno se detuvo justo a mi lado, mientras el corazón me golpeaba las costillas más fuerte que la música, pero pronto siguió de largo y volví a respirar.
—Gracias. No tenías por qué.
—No pasa nada.
—No... —Se incorporó, se ajustó el vestido mientras esbozaba una sonrisa que me pareció frágil. Sacó un móvil del abrigo y marcó un número. «Te debo una», gesticuló mientras se alejaba.
Iba a preguntarle de quién huía, pero no me dio tiempo, porque en ese momento se abrió la puerta del reservado del fondo, y salió un hombre de camisa oscura, sin corbata. Y cuando me miró, el espacio pareció doblegarse a su alrededor. Como si el resto de la sala no existiera y solo existiéramos él y yo.
Nos sostuvimos la mirada el tiempo suficiente para que dejara de ser casualidad y aunque ninguno de los dos hizo un gesto revelador, él se separó del marco de la puerta y yo aflojé el agarre de la botella antes de que ambos empezáramos a caminar hacia el otro.
TariqLa piscina a primera hora era el único lugar donde podía dejar de pensar en ir a buscarla. Después de varios largos intensos, cuando el personal empezó a moverse por los jardines, decidí que ya era suficiente.Salí del agua, pero mientras me secaba, me sentí observado y al girarme, encontré a Ely junto a los arcos con los ojos fijos en mí.Me pasé la toalla por el torso, disfrutando la forma en que su mirada me recorrió sin pudor alguno.—La doctora te permitió trabajar, pero es muy temprano —dije sin moverme. Sabía que, si daba un paso hacia ella, se marcharía.Ella carraspeó, recuperando su expresión profesional y miró a su alrededor como si esperara ver a alguien más.—Voy a revisar planos, no a derribar una fachada. ¿Cómo va tu mano?—Nada grave. —Agité los dedos, y ella levantó el pulgar y se marchó sin agregar nada más.Escuché el chasquido de lengua de Khalid desde uno de los arcos.—No te respeta en absoluto, hermano. ¿Quieres que la haga regresar para que le haga una re
Ely---Salma se aferró a mi mano mientras seguíamos a Tariq hacia el despacho, pero ni su compañía impedía que cada paso me acercara a otro interrogatorio para el que todavía no tenía defensa.—¿Por qué estás llena de polvo?Solo entonces reparé en mi camisa sucia, pero Tariq nos miró sobre el hombro de Salma con esa expresión pétrea que me dejó claro que no era momento para una broma.Al doblar la esquina, Omar guardó su teléfono y se acercó.—La doctora espera en su suite, señorita Reyes. Debí haber previsto un médico en el palacete. ¿Fue muy grave la caída?—No lo creo —respondí, aunque mi costado protestó al respirar.—Voy contigo —dijo Salma, haciendo que acelerara el paso.—No hace falta. Omar la acompañará —dijo Tariq, haciendo que su hermana se detuviera.—Solo quiero asegurarme de que no la mandes a prisión por haberme ayudado.—Laila necesita revisarla. Verás a tu amiga más tarde —respondió con sequedad.—Te busco después. —Salma al fin me soltó—. Quiero preguntarte mil cos
ElyEmpujé con el hombro una última vez, pero el panel por el que Tariq desapareció anoche no cedió ni un centímetro. Apoyé la frente contra la madera y miré el rayón nuevo en el suelo mientras el sudor me corría por la nuca.—No podrá moverlo, señorita.Me giré y la mujer encargada de mi habitación sostenía una bandeja, tratando de ocultar una sonrisa.—Eso ya lo descubrí. —Me aparté el cabello húmedo de la cara y señalé el panel—. ¿Adónde lleva?—Al corredor de servicio.Dejó la bandeja y presionó un relieve de la moldura hasta que una pequeña palanca de bronce apareció y sonó un clic, pero no se abrió.—¿Lo ve? Permanece cerrada cuando la suite está ocupada. Solo se habilita durante recepciones grandes.—Anoche estaba abierta y no pedí servicio.La sonrisa se le borró antes de inclinar la cabeza.—Avisaré a Amal.Recogió el jarrón con agua que me había traído anoche y salió sin darme oportunidad de preguntar nada más.Me tomé la taza de café y luego me froté los ojos. No había dorm
Tariq---Abandoné el comedor antes de que el servicio retirara los platos, incapaz de seguir oyendo a mi madre y a Reem hablar de la inauguración como si ya fuera un hecho consumado.Estaba arrepentido por haberme ofrecido a supervisar el proyecto. Pero en el jardín pareció la mejor forma para acercarme a Eliany sin ponerla en evidencia delante de todos los ojos entrenados de mi corte.No había considerado que la espera se me volvería insoportable desde que la vi desaparecer por el pasillo del ala de invitados, así que fui en busca de respuestas.Khalid me esperaba al final del pasillo, con los brazos cruzados y una expresión de hastío que no se molestó en ocultar.—¿Está todo listo? —pregunté, sin detenerme.—El corredor sur está despejado. —Su voz era plana, pero sus ojos no—. Tariq, tu prometida sigue en palacio. Y si alguien te ve salir de esa suite...—No sucederá, porque sé lo eficiente que eres en tus tareas.—No es a la guardia a quien temo. Hay demasiados ojos en esa zona qu
Último capítulo