Mundo de ficçãoIniciar sessãoTariq
Tenían tres cámaras sobre esa pista y ninguna me había dado un rostro reconocible. Seguí mirando el mismo fotograma, ampliándolo hasta que los píxeles se deshicieron en borrones, como si pudiera arrancarle al aparato lo que no había sabido capturar.
—Es lo mejor que tenemos —dijo Khalid con los brazos cruzados—. Las cámaras principales del club y las de mejor calidad apuntaban a las salidas, no a la pista.
Pero con las de las calles aledañas nos fue peor: una mancha color vino, la curva de un hombro y una cascada de cabello oscuro fue lo único que pudieron captar.
Intenté recordar la línea de su mandíbula, la forma en que me había sostenido la mirada antes de besarla, pero la memoria me devolvía todavía menos que las cámaras.
Detrás de mí recogían lo que quedaba de la noche de Salma: el teléfono que alguien rompió contra una pared, las capturas de una fiesta en la que no debió estar y el chico con el que salía, lívido en un rincón, borrando una cuenta desde la que había publicado lo que nadie tenía que ver.
Mi hermana me clavaba dagas con la mirada, pero la ignoré. Solo teníamos un par de horas antes de volver al emirato, y nada de lo que estaba haciendo me ponía de buen humor.
—La lista nos será enviada en unos minutos, aunque el color del vestido no ayuda: el club estaba repleto de mujeres de rojo. —Khalid miró de reojo a Salma antes de bajar la voz—. Habrá que hacer firmar a ese mocoso.
—Arréglalo, pero déjale claro que se metió con la chica equivocada.
La sonrisa asesina que se le dibujó a Khalid me hizo negar con la cabeza antes de darle la espalda. Y, pese a la actitud de Salma, me acerqué a revolverle el pelo como cuando era niña.
—¿Segura que estás bien?
—De maravilla —escupió con acidez antes de levantarse y salir al jardín.
La seguí, porque esto no podía quedar así.
—¿Ya olvidaste que fuiste tú quien me llamó?
—No te pedí que acabaras con la fiesta ni que amedrentaras a mis amigos.
—¿Pretendías que solo te sacara de aquí como si fueras...?
—¿Una chica normal que se metió en un lío? Sí. Exactamente. Perdona por creer que eras solo mi hermano.
—Salma, te expuso un tipo que debería haber protegido tu intimidad. No...
—¡Yo lo elegí, Tariq! —El grito se le quebró a la mitad. Quise abrazarla, pero la conocía, acercarme solo lo empeoraría—. Era mío. Era lo único que tenía.
Entendía mejor de lo que ella creía ese deseo desesperado de tener algo que las reglas de Al-Rasheen no hubieran tocado. Pero este no era el camino. No para ella.
—Sé lo que intentas hacer. —Soltó una risa amarga—. Pero si crees que voy a darte un solo dato de la mujer que me escondió en la barra, te equivocas.
—No me importa tu buena samaritana, sino que asumas tu posición con propiedad. Madura, Salma.
—Deje el sermón, Su Alteza —Me miró con desprecio absoluto, e iba a adecir algo más, pero cuando Khalid se movió hacia nosotros, cerró la boca.
Él cruzó el jardín y al pasar a su lado le dijo algo en voz baja que no alcancé a oír, lo que fue suficiente para que dejara de fruncir el ceño. Aunque eso no la apaciguó del todo, porque atravesó la acera dando pisotones y cerró la puerta de una de las comionetas de un portazo.A Khalid lo trataba con el respeto de un hermano mayor, pero por irónico que fuese, era a mí a quien llamaba cuando se metía en problemas. Quizás porque sabía que era el único que no la juzgaría del todo.
—Su Alteza. —Un guardia joven me entregó una tableta—. La lista de socios del club. Identificamos la facturación de las consumiciones, y las estamos cruzando una por una.
—¿Y aun no tienen los nombres?
Se puso nervioso, pero Khalid le hizo un gesto para que se retirara y me quitó la tableta de las manos.
—No empieces —le advertí.
—Con el debido respeto, Señor, no debería estar haciendo esto.
—No pedí tu opinión. Que insistan.
—Llevamos varias horas movilizando personal por esa… dama. Y si esto sale de aquí, no será solo una indiscreción del Emir, sino la prueba que Faisal lleva años esperando. Usar los recursos del emirato para esto es darle munición para meses. ¿Cuántas cabezas de clan tienen que susurrárselo al oído para que la bay'a empiece a moverse bajo sus pies?
Sabía que Faisal, mi medio hermano, vivía al acecho de una grieta que le permitiera reclamar el trono. Y quizás estaba a punto de obsequiarle una por una mujer de la que ni el nombre tenía, pero no podía evitarlo.
Khalid me pidió con un gesto que nos alejáramos de la casa.
—Esto no cambiaría nada, y lo sabes. Los dos nacimos para esto, Tariq.
—No lo entiendes. Esto es...
—No te atrevas a decir que esto es diferente. —Negó con la cabeza—. Yo también enterré lo que quería. Así que no me obligues a verte pelear contra lo que somos, porque igual te subiré a ese avión en cuatro horas. No podemos quedarnos en Londres por esto.
—Entonces encuéntrala antes. Es lo único que pido.
Dio un largo suspiro antes de alejarse y empezar a dar órdenes por el auricular, que en él era la mejor forma de decirme que estaba cometiendo un error, pero que aún así me apoyaría.
Mi teléfono vibró de nuevo con el nombre de madre en la pantalla, pero Hessa podía esperar a que volviéramos para empezar a fastidiarme con sus planes.
Después de unos minutos, Khalid repartió el equipo en tres de las cuatro camionetas y señaló en la que estaba Salma para que yo también subiera.
—Terminamos aquí. Envié por las maletas de ambos y en más o menos una hora los veré en el hangar.
Asentí y me subí sin decir nada. Sabía por qué se quedaba, y por la tensión de mi hermana a mi lado, me di cuenta de que ella también.
En todo el camino, no volvió a dirigirme la palabra, pero eso era lo más cerca de una tregua que podíamos tener.
***
El jet giró al este apenas superó las luces de Londres, rumbo a la franja color arena que anuncia la madrugada. Salma dormía contra la ventanilla, o fingía hacerlo, una barrera que en ella funcionaba siempre como la misma defensa.
Khalid se dejó caer en el asiento de enfrente con un suspiro mientras sostenía su teléfono y una hoja de papel impresa.
—Concluímos la operación sin incidentes. Nadie va a abrir la boca.
Asentí, satisfecho. El desastre de Salma quedaba contenido antes de tocar el emirato y eso debería haberme aliviado, pero el pulso me golpeó en la mandíbula por lo único de esa noche que no pude controlar.
—¿Y lo otro?
—Redujimos la lista a diez. —Me entregó su teléfono—. Uno de los chicos usó un sistema de reconocimiento facial, pero te informo que usamos de manera extraoficial la base de datos de tránsito para identificarlas. Dime si es una de ellas.
Tomé el aparato con una avidez que no me molesté en disimular y deslicé una foto tras otra, cada una con más frustración que la anterior. En la penúltima, reconocí a la rubia menuda que ella había abrazado a medianoche, y pasé a la última.
—Es ella.
Le devolví el aparato, pero enseguida se lo quité otra vez para mirarla mejor. Aun en una foto de mala calidad reconocí esa mirada, pero sus rasgos eran más delicados que los que recordaba. Tenía unos ojos color ámbar impresionantes y lamenté no haber podido verlos de cerca mientras la hacía mía.
—Eliany Reyes —leyó Khalid con voz plana—. Veintiocho años, empleada de una firma de arquitectos. Dejamos mensaje en su oficina, pero no esperamos respuesta hasta después de las fiestas, claro. Y por sus redes, supimos que salió o sale hoy del país.
Eliany.
Repetí el nombre para mí, y me pregunté que significaría. Cerré los ojos un momento y luego los abrí de nuevo para ver cómo la última mancha de luz de la ciudad se apagaba a través de la ventana mientras el avión subía y se perdía entre las nubes.
Ella se iba, quizá ya lo había hecho. —Cometí una locura. Khalid asintió con solemnidad. —Supongo que me aferré a un imposible, y ahora debo asumir mi destino…—Es lo mejor, hermano. —Me quitó el teléfono con cuidado—. Estás haciendo lo correcto.
Lo correcto. Llevaba toda la vida haciendo lo correcto. Froté con el pulgar la base desnuda de mi anular izquierdo. En unas horas el sello ocuparía ese dedo, y con él, el peso de la vida que no había elegido.
—¿De qué hablas? —Cerré la mano—. Averigua a dónde fue. Y revisa mi agenda: si no tenemos nada oficial en los próximos días, programa el jet para llegar a ella.
—Tariq...
—Es una orden.
Me sostuvo la mirada un segundo de más, como midiendo hasta dónde pensaba llegar y luego se levantó del asiento sin mirarme.
No me importaba lo que tuviera que decir acerca de mis métodos, llegaría a ella para saciar esta necesidad que había sembrado en mí.







