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2. Solo por esta noche

Tariq

—La perdimos, Alteza.

—Eso es evidente —le respondí a Khalid a través del auricular, acomodándome en el reservado vacío mientras recuperaban a mi hermana menor para regresar a casa.

Estar en un club atestado de Mayfair entre ebrios en calidad de niñero no era la forma en que un futuro jefe de Estado planearía terminar el año, pero aquí estaba.

El estruendo del club golpeó mi pecho en cuanto abrí la puerta para buscarla yo mismo después de esperar por más de media hora sin novedades.

Me acerqué al umbral que llevaba a la pista y recorrí el lugar con la mirada, tratando de ubicar a ese pequeño demonio, hasta que mis ojos chocaron con una mujer vestida de rojo sentada en la barra. Y cuando me sostuvo la mirada, sin inmutarse, no pude mirar nada más.

En mi mundo suelo enfrentarme a la sumisión, al cálculo de mis súbditos, y a la ventaja que pueden obtener gracias a mi estatus, pero al final, es esa misma barrera la que me aísla del resto.

Avancé hacia ella sin pensar en las repercusiones de mis actos, fascinado de que ella actuara sin miedo, como si fuera yo quien debía inclinarme ante ella. Y tras ver cómo su cuerpo se bebía las notas de la canción, la idea de desvestirla dejó de ser una posibilidad para convertirse en una necesidad.

Me sonrió cuando estaba a dos pasos de ella y dejé de lado el protocolo de seguridad al deslizar mi mano por su estrecha cintura para seguirle el ritmo.

—No lo haces tan mal. —Alzó su voz para que la escuchara desde mi altura.

Su acento no era de aquí, era cálido, y luego añadió algo en otro idioma que no comprendí, pero ella no se molestó en traducir. Que no le importara que la entendiera me hizo quitarme el auricular y guardarlo.

Sus ojos almendrados y la forma en que ondeó su hombro bajo una mirada traviesa hicieron que la sangre me latiera con fuerza en la ingle, traicionando mi autocontrol.

—Tú lo haces de maravilla —respondí contra su oreja y la atraje contra mi pecho para que nuestros cuerpos se rozaran un poco más.

Ella se tensó contra mí, como si su instinto le advirtiera lo peligroso que era tenerme tan cerca. Eso me hizo reír contra su pelo con aroma a coco.

Era como una hechicera. Quizás igual de peligrosa que una, y la quería para mí.

La música bajó a algo más lento y la gente se apretó hacia el centro para los últimos minutos del año mientras ella y yo bailábamos. Sin preguntas, sin nombres, bajo el sabor embriagador que te da el anonimato, hasta que empezaron a corear el conteo regresivo de fin de año.

Esperaba que volteara hacia el ventanal, pero no lo hizo y yo tracé la línea de su espalda por encima de la tela para medir su interés, y sonreí cuando no se alejó.

—Tres —gritó la sala—. Dos. Uno.

Los fuegos estallaron contra el cristal e iluminaron su rostro de colores. Entrecerró los ojos como en un desafío y dejé de esperar para inclinarme sobre esos labios tentadores mientras rodeaba sus caderas para atraerla y saborearla despacio.

Se estremeció entre mis brazos y me apartó con sorpresa antes de empezar a mirar a su alrededor, hasta que una rubia diminuta apareció de la nada y le dio un efusivo abrazo y un beso apresurado en la mejilla antes de irse con un tipo.

Ella me miró otra vez y asintió.

Eso fue suficiente para llevarla al reservado y echar el cerrojo tras de mí.

Mi pulgar buscó por puro instinto la base del anular y la encontró desnuda: el khatam, el sello del Estado, había quedado a miles de kilómetros, custodiado en el emirato. Y por primera vez en meses el deber dejó de pesarme, como si al echar ese cerrojo hubiera dejado al Emir del otro lado de la puerta, y aquí dentro solo quedara el hombre que llevaba demasiado tiempo sin permitirse querer nada que no le sirviera para gobernar.

—¿Qué dejas ir esta noche? —me preguntó y eso me descolocó. Pero supongo que notó mi confusión, porque reformuló—. ¿Qué celebras?

—Que nadie sabe dónde estoy —respondí con la voz más áspera de lo normal, filtrada por el inglés de internado británico que aprendí de niño, despojada de las pausas medidas de las cumbres bilaterales—. ¿Y tú?

—Que en unos días mi vida cambiará.

La sonrisa se le apagó un poco cuando me vio desabrocharme los gemelos. Sin la música encima, el cuarto se quedó en un silencio pesado, pero no me moví.

No me importaba si cambiaba de opinión, esos breves minutos en la pista fueron como oxígeno para mí, así que esperé desde la puerta a que decidiera nuestro siguiente movimiento.

—Sin presiones… —Señalé la cubitera y ella asintió, así que le serví una copa champaña.

En lugar de acomodarse en el sillón negro, se quitó los tacones de aguja y de pronto se hizo más baja.

Le entregué la copa y acaricié el dorso de su mano libre, trazando la línea de una cicatriz pequeña, casi imperceptible en la base de su dedo.

—¿Qué pasó aquí?

Se quedó quieta, pero no se apartó.

—Trabajo. Fue hace años.

Dejé un beso en su piel y fui subiendo por el interior de la muñeca y el antebrazo, sin prisa, sintiendo cómo se le erizaba la piel a mi paso y cómo el pulso se le disparaba justo debajo de mis labios, hasta que dejó de fingir indiferencia.

—¿Quieres quedarte o ir a un hotel? —propuse antes de mirarla.

Ella parecía sopesar las opciones y de pronto, las manos que me habían empujado el pecho para poner distancia se cerraron en mi camisa para acercarme.

Le bajé un tirante con la boca y ella sacó la camisa del pantalón sin disimular su impaciencia. La levanté contra la pared y me rodeó con las piernas, así que aproveché para moder su hombro y apoderarme de su duro pezón para no decir nada que no pudiera sostener después.

Ella me clavó las uñas en la espalda y la llevé hasta el sillón, tomándome un instante para mirarla debajo de mí, con los labios hinchados y sin aliento.

Me incliné para recorrerla con la boca, pero ella enredó los dedos en mi pelo y me fue guiando sin prisa, marcándome el camino con la presión de la mano y con esas palabras en español que se le escapaban entre dientes cada vez que daba con algún punto en particular. No me hizo falta que tradujera, porque su cuerpo me las explicó mejor que cualquier diccionario.

Hasta que se desesperó y me atrajo de vuelta a su boca, dándome órdenes para que me hundiera en ella, acelerara o me moviera de cierta forma, dejando de fingir que teníamos toda la noche por delante.

Llevo media vida dando órdenes que nadie se atreve a discutir. Pero con ella, descubrí que ceder podía saber mejor que una victoria.

De pronto, la sentí tensarse contra mí, aferrada a mis hombros, luchando contra un gemido que terminó perdiéndose en mi cuello, y solo entonces me permití seguirla. Con la cara hundida en su pelo, arrepentido por no haber intercambiado nuestros nombres para poder susurrárselo al oído.

Nos quedamos en silencio, recuperando el aliento mientras le acariciaba la espalda, luchando contra mi raciocinio para pedirle verla de nuevo, pero la realidad me reclamó cuando mi teléfono vibró en el suelo.

Lo dejé sonar un par de veces, pero la insistencia hizo que lo alcanzara y viera el nombre de Salma. Me levanté con rapidez y empecé a vestirme mientras respondía.

—Ven a buscarme… Por favor.

La voz asustada de la niña que fue antes de aprender a desafiarme hizo que me apresurara.

—Voy en camino —respondí al recibir su ubicación. Estaba a unos minutos del club, en una zona residencial.

Dos golpes secos sacudieron la puerta antes de que pudiera guardar el teléfono y nadie se atrevía a tocar de esa forma, excepto Khalid, mi jefe de seguridad, mi mejor amigo.

Me acomodé el cinturón mientras ella se ponía el vestido deprisa, pero yo ya había vuelto a ser el hombre que dejé del otro lado del cerrojo.

—Lo lamento —empecé, pero ella negó y me señaló la puerta antes de meterse al baño y decir desde la puerta:

—Atiende tus asuntos, yo debo ir a casa. Pero disfruté el momento.

Me detuve con la mano en el cerrojo con una sensación atroz en las entrañas, y aunque sabía que mi hermana, mi país y mi cargo esperaban por mí, dije sin pensar:

—No.

—¿No, qué?

—Que no fue solo un momento para mí.  Voy a buscarte.

Salí antes de que pudiera contestar, y me adelanté a la salida, ignorando la mirada de reproche de Khalid.

—Investiga todo lo que puedas sobre esa mujer.

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