5. Prioridades

Tariq

Agreed. Final tranche, end of Q2. Que el departamento legal liquide el papeleo esta semana. —Corté la transmisión sin esperar a que terminaran sus reverencias desde el otro lado de la pantalla.

En Europa aún era de madrugada, pero en Nura llevábamos horas despiertos. Cerré la pestaña del resumen de adquisiciones en la pantalla y deslicé hacia mí el pesado expediente de cuero de la alianza Al-Hadid. Allí estaban los términos del pacto que mi padre selló en su momento: la flota de transporte, los nuevos muelles del puerto, las participaciones cruzadas que la boda debía ratificar para mantener a los clanes quietos y a Faisal en su sitio. Firmé los anexos comerciales para asegurar la liquidez que el diwan exigía y dejaban a mi medio hermano sin munición financiera.

Al llegar a la solicitud de reunión privada con la familia de la novia, cerré la carpeta y la puse bajo las demás. Esa reunión no era para otra cosa que fijar una fecha. Pero mientras el calendario siguiera en blanco, el control seguía siendo mío.

Me froté las sienes, sintiendo el peso de un cansancio que se me clavaba detrás de los ojos.

Khalid entró al despacho mientras atendía una llamada, y se sentó frente a mí con una expresión insondable. Tras él, entró Omar, mi secretario e hizo un gesto hacia la carpeta blanca que dejó lejos de las demás.

—¿Otra vez? —le pregunté, mientras se la devolvía y Khalid disimulaba una sonrisa burlona.

—Pero, Su Alteza, su madre...

Y como si Omar la hubiese invocado, Hessa entró y ocupó el centro del despacho. Hizo un gesto breve, casi imperceptible, en dirección a Khalid, quien se incorporó de inmediato, y se plantó justo delante de mi escritorio, interceptando cualquier intento de fuga.

—Por lo que veo sigues ignorando mis intentos por ayudarte. —Mi madre abrió el dossier ante mí y fulminó a Omar con la mirada logrando que este saliera de la oficina con la cara roja.

Volví a cerrar el dossier sin mirarlo, pero sabía que si no era contundente con este asunto no me dejaría en paz.

—No tengo tiempo para esto.

Y fue la frase equivocada cuando la vi arquear una ceja.

—El diwan empieza a murmurar, Tariq. Así que se acabaron las dilaciones. Los asesores estuvieron de acuerdo en que obsequiar ese palacete a la futura Emira para aplacar los clanes y enviar el mensaje correcto cuando la habiten... juntos.

—No veo cómo se aplacarán con eso. —Suspiré al ver que no se iba—. Madre, apenas conozco a Reem. No sabría decir si le gusta el jazmín o le da dolor de cabeza, la luz por las mañanas o si la odia. No voy a obsequiarle un palacio sin conocer lo que debería complacerla.

Lejos de la comprensión que esperaba y que me ofreciera hacerse cargo, sonrió.

—Es maravilloso que lo menciones, Tariq. —Recogió la carpeta y me señaló con ella—. La persona que dirigirá el proyecto llegará a palacio esta tarde para tomar el té y será estupendo que la recibamos junto a Reem y que le hagan saber sus preferencias.

Me dio la espalda sin ocultar la satisfacción en su rostro y dijo sin voltear:

—Y procura no acudir con esa cara de funeral. Ah, y no te atrevas a evadirnos o vendremos aquí.

Cerró la puerta al salir y negué con la cabeza en dirección a Khalid, pero este ya estaba mirando por la ventana, como si no le importara verme caer en la trampa de una estratega bien entrenada para atacar sin aspavientos.

—¿Qué sucede?

Me miró por un instante, antes de parpadear como si no supiera por qué estaba aquí y luego se acercó para sentarse otra vez.

—Salma sigue encerrada —dijo, rompiendo el silencio—. Esta mañana el servicio intentó pasarle el desayuno por debajo de la puerta y lo devolvió con una nota.

—«Devuélvanle esto al carcelero» —leí con una sonrisa cuando me la entregó.

—El servicio se está quejando por su música.

—No le lleven más comida. El hambre logrará apaciguarla y la obligará a salir de su autoencierro. ¿Y cómo va la búsqueda?

Ignoré su mirada de hastío.

—Tariq, he estado coordinando el juramento de mañana y asegurando las rutas de protocolo. Esto es prioridad, no la mujer que conociste por un par de horas. Lo que haces tiene un nombre.

No me importaba que me llamara obsesivo. Eso me había llevado a graduarme con honores y hacer mi propia fortuna sin depender de la de mi familia. Pero que dejara de lado mis órdenes, sí me cabreó.

—Soy yo quien dicta que es prioridad para ti y ella lo es. La tierra no pudo habérsela tragado. —No le dije que había empeñado mi palabra con ella, y que para mí, cumplirla no solo era un acto de honor.

Sabía que si estuviéramos en otro lugar me mandaría a la m****a, pero las paredes tenían oídos así que asintió, se puso de pie y me hizo un saludo militar.

—Hora de su visita al sastre, Señor, a la prueba del bisht.

—¿No puede esperar?

—Es el privilegio de gobernar —respondió con ironía mientras salíamos.

***

Khalid me encontró en el pasillo cuando me dirigía a la reunión con mi madre y esa gente.

—En unos días llegan los extranjeros. —Lo miré sin comprender, pero seguí caminando—. El equipo de la obra del palacete. ¿Sabías que se quedarán en palacio?

—Deja que mi madre haga lo que quiera si eso implica que se mantendrá lejos.

Khalid resopló divertido mientras llegábamos al ala favorita de mi madre, que olía a jazmín y a cardamomo. La brisa traía consigo la agradable humedad de la fuente que dominaba el centro de la zona, frente al gazebo blanco flanqueado por árboles y arbustos donde alcancé a ver tres figuras.

El teléfono de Khalid sonó con un tono suave y mientras respondía, reconocí a Reem entre ellas y antes de que abriera la boca para saludar, ya estaba inclinada, con las manos juntas por delante.

—Alteza —susurró Khalid en tono de urgencia, pero ya estábamos a pocos metros del grupo.

—Espera.

—Tariq...

—Después.

Khalid resopló antes de retroceder y quedarse a cierta distancia, pero me pareció extraño verlo apretar los dientes por mi negativa a detenerme.

El gesto logró una sonrisa de reproche en mi madre que no tuve tiempo de comprender, porque Reem ya me estaba ofreciendo una taza de té humeante mientras decía en tono plano y sin mirarme a los ojos.

—Gracias a Dios que ha vuelto con bien, Alteza.

—Gracias a Dios —respondí por protocolo mientras tomaba la taza. Esperando que hubiera algún otro intercambio con ella, pero desistí al darme cuenta de que no iba a levantar la cabeza hasta que me alejara.

La otra mujer había imitado el gesto, pero su reverencia era torpe, demasiado profunda para el protocolo y eso me hizo sonreír.

—Bienvenida, pero no tiene que hacer eso en palacio.

Ella rio con suavidad, nerviosa y levantó el rostro mientras me llevaba la taza a los labios cuando sus ojos color ámbar chocaron con los míos.

La taza se me deslizó de las manos, y traté de atraparla, pero el líquido hirviendo se derramó sobre mi muñeca al mismo tiempo que ella se lanzó hacia adelante a hacer lo mismo.

—¡Ay, coño, cuidado! —soltó en español.

La porcelana se hizo pedazos mientras ambos sacudíamos las manos en el aire, con el ardor pulsando en la piel, sin dejar de mirarnos.

Eliany Reyes estaba aquí, en mi emirato.

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