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El Secreto del Emir
El Secreto del Emir
Por: Mileth Pineda
1. La regla de medianoche

Ely

Me mordí el interior de la mejilla para mantener a raya la sonrisa. Acababa de ganar el proyecto de mi vida, pero frente a mi novio tenía que medir la alegría; su ego nunca encajaba bien las derrotas. Salí al pasillo dispuesta a que me invitara esa cena de celebración que el perdedor debía pagar, pero la expresión con la que me esperaba al fondo, apoyado contra la pared, me hizo ralentizar el paso.

—Felicitaciones, Eliany. Aunque, entre tú y yo, sabemos que ese proyecto no lo ganó tu equipo gracias a los planos.

—Fuiste testigo de los meses en vela armando la propuesta —le dije, confundida—. Ambos lo hicimos.

Me sonrió, pero cuando resopló al final me di cuenta de que no venía a invitarme a cenar como habíamos acordado, sino a discutir.

—Bueno, no contaba con que el comité fuera a puerta cerrada. ¿Será que alguien les contó lo buena que eres en otros aspectos?

Estuve a punto de decirle que él era el único que podría haberlo hecho, pero la cicatriz del pulgar empezó a picarme y la apreté contra la carpeta que llevaba en la otra mano, tratando de controlar mi temperamento.

—Harry, ¿acaso bebiste de más?

No sería extraño, era el último día del año y las botellas de champaña desfilaban por los escritorios desde media mañana mientras esperábamos los resultados. Pero ahora que acababa de salir, todo estaba dicho: le había ganado.

—No preguntes estupideces —dijo en voz baja, ignorando a los que aplaudían y hacían gestos de éxito en mi dirección—. ¿Sabes qué? No soporto cuando me hablas en ese tono condescendiente de m****a. Terminamos. Me da asco pensar en las cartas que jugaste para que te eligieran. Lo único que se me ocurre es que fue para cubrir la cuota de diversidad de la empresa.

Si estuviéramos en La Habana, le habría partido la cara. Pero esto era Londres, y yo siempre sería la extranjera que debía calcular cada paso para no perder todo lo que había logrado hasta ahora a pesar de mi estatus migratorio. 

Y, aun así, acababa de ganar el diseño para la modernización de un palacete en Al-Rasheen.

Entonces pasó algo curioso. Mientras sus labios y sus manos seguían moviéndose, aquel hombre que me había conquistado en nuestra primera cita volvió a ser el hombre de los dientes un poco torcidos y manchados por el cigarrillo, y reaparecieron esos centímetros que lo hacían más bajo y que él detestaba cuando me ponía tacones. Como hoy.

No podía gritarle, por más que tuviera en la lengua la respuesta que se merecía cuando recordé que le dije que mi permiso para seguir en este país dependía de este trabajo, que bastaba una palabra en el oído correcto para empezar de cero. Y eso había sido muy estúpido de mi parte. .

—¿Sabes qué? —Usé la voz más plana que tengo y me obligué a sonreír—. Feliz Año Nuevo, Harry.

Pestañeó, como si no esperara esa reacción y fijó la vista sobre mi cabeza, así que seguí la dirección de sus ojos. Por supuesto, su panda de amigos era nuestro público. Cuando me volví hacia él, ya tenía estirada la mano hacia mí.

—Claro, para ti también. Ahora dame la llave de mi piso. —Forzó una sonrisa que se torció en una mueca, pero el cuello lo tenía de color rojo granate—. Un fin de año es para cerrar ciclos, ¿no?

Peleé con el aro de metal hasta separarla y la dejé caer sobre su palma, con la mano temblando. Cuando lo vi abrir la boca, lo dejé tras de mí y doblé la esquina, pero él agregó en voz alta:

—Tranquila, Reyes. No es para tanto.

Para cuando tuve enfrente la puerta de los baños, se me había secado la boca. Me apoyé contra la pared fría del pasillo de cristal, buscando una bocanada de aire y pensé que a mis veintiocho años, me daría mi primer infarto.

Mi abuela tenía razón: tragarse los insultos enferma.

Esperaba que el agua fría me devolviera la compostura, pero el sonido de unos tacones a mis espaldas hizo que acelerara. Empujé la puerta y Marlén entró enseguida.

Debió verme desde su escritorio y aunque su boca se movía, no le oía nada, hasta que me sujetó por los codos.

—Mírame. Estás temblando.

Pero no podía, toda mi energía estaba puesta en no caerme y me solté. El teléfono me vibró en la mano, y con un nudo en la gargante le mostré la pantalla. Ella resopló y trató de arrebatármelo, pero eso me hizo reaccionar.

—Gané el proyecto, mami —dije en un hilo de voz sin esperar a que hablara.

—¡Ay, mi santa! —Contuve las lágrimas mientras Marlén me ponía un vaso de agua entre las manos—. ¿Y Harry? Eso de irte por meses, ¿él va contigo? ¿No fueron a celebrar?

El estómago se me contrajo, pero no tuve tiempo para mentir, porque ella siguió hablando de la fiesta de los vecinos sin parar.

—¿Me pasas a la abuela?

—Tu abuela se acostó temprano. Pero Ely, te llama para que no pierdas esta oportunidad. No dejes pasar otro año sin pedirle los papeles. Tú sabes que es la mejor opción para una mujer en tu situación. Bueno, no hagas esperar a tu novio.

Cortó sin darme tiempo a despedirme y lo agradecí, porque si me preguntaba algo más, me iba a delatar. Y mi madre era capaz de detectar una grieta en mí a nueve mil kilómetros.

—Me voy a casa —solté, girándome al espejo para retocarme el maquillaje, mientras Marlén me miraba con los ojos desorbitados.

—No diré nada de que le mentiste a tu madre. Pero acabas de ganar el contrato del siglo y ese imbécil por fin salió de tu vida. No te vas a casa, querida, a menos que sea para cambiarnos. Iremos por una copa y luego te preparas para tomar ese avión en unos días.

No tuve fuerzas para discutir con ella, así que me dejé sacar de la firma.

***

Tardamos hora y media en salir del apartamento, ella de azul y yo de rojo, y el taxi nos dejó en un club de Mayfair con inmensos ventanales que dejaban ver la ciudad y desde donde sería perfecto disfrutar de los fuegos artificiales a medianoche.

Marlén me puso un trago en la mano, gritando por encima de los bajos de la música.

—¡Que se hunda en su miseria! ¡Eres la jefa de tu propio proyecto!

Bebí de golpe y el alcohol bajó quemando, pero no deshizo el nudo en mi garganta.

—Uy, mira eso. —Me señaló unos tipos en grupo y uno de ellos alzó su vaso hacia nosotras.

—No. —Le bajé el brazo.

—¿Por qué? —gritó con un mohín—. Quizá te salga uno mejor a ti y quieras…

Negué con la cabeza.

—Regla de medianoche —invoqué, recordándole nuestro viejo acuerdo—. Hoy me acaban de dejar y es mi noche de celebración. No te vas con nadie hasta que nos demos el abrazo de fin de año. Después de las doce, te libero.

Ella se echó a reír y brindó conmigo. Para la tercera ronda, ya había dejado de pensar en Harry, en mi madre y hasta en el avión privado que nos dijeron que nos llevaría. 

Bailamos juntas en el centro de la pista, pero pronto Marlén se enredó con el tipo de antes y mientras se metían la lengua hasta la garganta, yo me escapé hacia la barra a buscar agua.

Fue ahí cuando una chica de veintipocos, con los ojos demasiado abiertos, se pegó a mi espalda. Miraba por encima de mi hombro a dos hombres de traje oscuro que cruzaban la sala como si buscaran a alguien.

—Por favor —susurró contra mi nuca—. No te muevas. No me delates.

No supe por qué le hice caso. Quizá porque su miedo me recordó al mío cuando llegué a Londres con doscientas libras y una visa de estudiante por caducar.

Le hice sitio entre mi cuerpo y la barra y me senté en un taburete, con mi botella y mi mejor cara de indiferencia.

Los dos tipos se acercaron y uno se detuvo justo a mi lado, mientras el corazón me golpeaba las costillas más fuerte que la música, pero pronto siguió de largo y volví a respirar.

—Gracias. No tenías por qué.

—No pasa nada.

—No... —Se incorporó, se ajustó el vestido mientras esbozaba una sonrisa que me pareció frágil. Sacó un móvil del abrigo y marcó un número. «Te debo una», gesticuló mientras se alejaba.

Iba a preguntarle de quién huía, pero no me dio tiempo, porque en ese momento se abrió la puerta del reservado del fondo, y salió un hombre de camisa oscura, sin corbata. Y cuando me miró, el espacio pareció doblegarse a su alrededor. Como si el resto de la sala no existiera y solo existiéramos él y yo.

Nos sostuvimos la mirada el tiempo suficiente para que dejara de ser casualidad y aunque ninguno de los dos hizo un gesto revelador, él se separó del marco de la puerta y yo aflojé el agarre de la botella antes de que ambos empezáramos a caminar hacia el otro.

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