6. El obsequio
Ely
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El ardor me subió por la muñeca antes de terminar de soltar semejante barbaridad mientras lo veía ahí, parado frente a mí, como si nada.
Me tapé la boca con la mano sana, sin atreverme a mirar a la mujer que podía cancelar mi contrato por mi imprudencia. Aunque tampoco podía apartar los ojos del hombre que en Londres dejó que marcara el ritmo y luego prometió buscarme... el Emir de Al-Rasheen.
Mi cliente.
Abrí la boca, sin saber si disculparme por la vulgaridad o exigirle que me explica