La tierra todavía olía a sangre, Ares ya no veía con claridad, veía sombras, destellos, movimientos rápidos, él sentía el dolor como una corriente eléctrica que le atravesaba el cuerpo.
Tenía un costado abierto, una pierna que ya no respondía con la misma fuerza, y el aire le entraba pesado, como si cada respiración fuera un castigo, pero seguía de pie, no por orgullo, sino para hacer tiempo.
Porque cada segundo que él resistía era un segundo más para que Selina se alejara y su lobo lo sabía