El amanecer alcanzó a Selina en la carretera y no fue un amanecer bonito, ni dorado, ni esperanzador, fue gris, opaco y con un cielo cubierto por neblina.
Selina seguía por una carretera vieja, un camino que llenaba de polvo el parabrisas del auto mientras ella conducía con los ojos hinchados y el cuerpo rígido, como si al soltar el volante, fuera a derrumbarse.
Ella había pasado la noche manejando, se detenía a ratos para descansar, para tomar aire, para llorar en silencio y para comprobar q