El rugido del motor sonaba con potencia, mientras que Selina apretaba el volante con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos, los dedos rígidos, el pulso disparado en la garganta.
El ruido de la ciudad se tragaba el ronroneo del motor del auto con sus sonidos habituales, bocinas, motos, música a lo lejos, pero dentro del lujoso auto de Ares, todo era otra cosa.
Había un silencio denso, roto solo por su respiración entrecortada de Selina mientras intentaba control