La oscuridad fue lo primero que Selina reconoció al despertar, pero está vez no se trataba de un sueño, era la oscuridad de una capucha, que la mantenía enceguecida.
El aire le raspó la garganta cuando respiró hondo, el lugar olía a humo y a tierra húmeda.
Ella intentó moverse y un mareo inmediato le cruzó la cabeza, obligándola a quedarse quieta.
Selina estaba sentada sobre la tierra, tenía los brazos libres, las piernas también, pero una tela áspera todavía le cubría el rostro, presionánd