El olor a tostadas y café recién hecho era la única terapia que mi cuerpo aceptaba esa mañana.
Amyra se había instalado en mi cocina con la familiaridad de quien no necesita permiso para nada, moviéndose entre los cajones con esa energía suya que nunca se detenía, ni siquiera con resaca. Se había cambiado de ropa, llevaba uno de mis suéteres demasiado grandes y el cabello recogido en un moño descuidado que, de alguna forma injusta, le quedaba perfecto.
—Siéntate —me ordenó sin girarme— Tienes