Algo no estaba bien. No supo identificarlo de inmediato; era solo una sensación, ese tipo de alarma silenciosa que se activa antes de que el cerebro tenga datos suficientes para justificarla. Damián doblaba la esquina del pasillo con el teléfono en la mano y la cabeza en otro lado —un contrato, una llamada pendiente, el café que se había olvidado en su escritorio— cuando la vio.
Alexandra. Al fondo del pasillo. Caminando despacio. Demasiado despacio para ser ella.
Frunció el ceño. Alexandra Río