La noche en la mansión de Puebla se extendía, pesada con el eco de las órdenes de Yago y la calculada melosidad de Diana. Joren se retiró a su habitación, un refugio personal en el laberinto de la casa Castillo, un espacio donde podía ser, al menos por unos momentos, algo más que el "peón" de su familia o el obediente subordinado de Yago. Se cambió de ropa, la formalidad de la cena aún pegada a su piel como una segunda piel que deseaba desechar.
Lo que ni Yago, ni Diana, ni Ludwig, ni siquiera