El comentario de Alina quedó suspendido en el aire caliente y ahumado de la taquería, una provocación elegante lanzada en medio del caos. "Me gusta un hombre que despierta pasiones tan... violentas. Significa que no eres aburrido".
Yago sintió cómo la frase se filtraba en su cerebro, mezclándose con el ardor físico que la mano de Belém había dejado en su mejilla izquierda. La humillación pública, lejos de amedrentarlo, había encendido un interruptor oscuro en su interior. La sangre le hervía, no por vergüenza, sino por una necesidad primitiva de reafirmación. Acababa de perder el control con una mujer; necesitaba recuperarlo dominando a otra. Y no a cualquier mujer, sino a la hija de su enemigo, a la pieza más valiosa del tablero de KORALVEGA.
Yago giró la cabeza lentamente, dejando de mirar la calle por donde Belém había huido, y clavó sus ojos de tormenta en los ojos de hielo de Alina.
El ruido de la parrilla, las risas nerviosas de los guardias rusos comiendo tacos y el tráfico de