El ambiente en "Tacos El Güero" había pasado de ser una curiosidad local a convertirse en un espectáculo surrealista. La presencia del Mustang Shelby azul eléctrico y el convoy de camionetas blindadas negras bloqueando la calle ya había atraído las miradas de medio puerto, pero lo que sucedía en las mesas de plástico rojo era lo que realmente mantenía a los comensales y al taquero en un estado de suspensión.
Yago del Castillo, con la camisa blanca ligeramente arremangada y una botella de refresco en la mano, parecía el rey de ese pequeño reino de asfalto y grasa. Se sentía expansivo, lleno de esa energía peligrosa que le daba el estar jugando con fuego al tener a Alina Korályova comiendo de su mano —literal y metafóricamente— en un puesto callejero.
Miró hacia donde los mercenarios rusos formaban un perímetro rígido, sudando bajo sus trajes negros, mirando con desconfianza a los vendedores de chicles y a los perros callejeros. Yago decidió que era momento de romper otra regla.
Se giró