El Mustang Shelby GT 500 rugió una última vez antes de detenerse bajo la marquesina de cristal del Hotel Imperial. El motor, caliente y vibrante, emitió un chasquido metálico al apagarse, como una bestia recuperando el aliento después de una carrera mortal. Dentro de la cabina, el silencio repentino fue ensordecedor.
Yago del Castillo no esperó al valet parking. Bajó del auto con un movimiento fluido, rodeó el cofre y abrió la puerta del copiloto antes de que cualquier empleado pudiera acercars