El Mustang Shelby GT 500 rugió una última vez antes de detenerse bajo la marquesina de cristal del Hotel Imperial. El motor, caliente y vibrante, emitió un chasquido metálico al apagarse, como una bestia recuperando el aliento después de una carrera mortal. Dentro de la cabina, el silencio repentino fue ensordecedor.
Yago del Castillo no esperó al valet parking. Bajó del auto con un movimiento fluido, rodeó el cofre y abrió la puerta del copiloto antes de que cualquier empleado pudiera acercarse. Le ofreció la mano a Alina.
Alina Korályova bajó del auto, sus tacones de suela roja golpeando el pavimento de mármol de la entrada. Su vestido rojo, impecable a pesar de la visita a la taquería, parecía brillar con luz propia. Pero algo en su postura había cambiado; la arrogancia de la "Reina de Hielo" seguía ahí, pero bajo la superficie, su pulso latía con una rapidez que ella intentaba disimular.
Yago le entregó las llaves al valet con una sola mirada de advertencia: cuídalo con tu vida. L